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lunes, 28 de febrero de 2011

El conflicto de los países árabes

Hay un pajarillo que siempre ha llamado poderosamente mi atención. Desde chico, el pequeño gorrión me ha fascinado.
En mi casa de Bahía Blanca solían anidar en los huecos de las tejas, y más de una vez los polluelos terminaba en el suelo. Era imposible entonces intentar criarlos. Todo el mundo daba por hecho que a un gorrión solo lo podía sacar adelante su propia madre. Como mucho, dejarlo en un sitio visible para que ésta lo viniese a alimentar.

Curioso ¿no? De todos los animales que existen, el gorrión es el único con el que convivimos pero que nunca hemos llegado a ver en una jaula. Curioso, sí. Parece un detalle que casi nos pasa desapercibido, pero de sobra sabemos que un gorrión no aguanta vivo más de unos pocos días en una jaula.
¿Y por qué no puedo tener uno, mamá?, preguntaba yo de niño, allá en Bahía Blanca. Pues porque encerrados los gorriones se mueren, me contestaba, así, sin más, y se quedaba tan ancha.
Y yo me quedaba pensando, claro.
Lo primero, porque a esa edad no te valen las respuestas porque sí, y lo segundo porque la historia esta de los gorriones me parecía muy particular o, por lo menos, muy distinta al resto de animales los cuales, bien en una cajita con agujeros, bien en una pecera, podías siempre poseer.
Pero los gorriones no.
¿Qué sucede con estos pajarillos? ¿Es acaso una treta evolutiva esta imposición?
Mientras que los demás animales optan por adaptarse lo mejor que pueden al ser humano, acercarse a él, beneficiarse de él, evolucionar e incluso cambiar rasgos físicos y de carácter para estar más cerca del primate que reina en lo alto de la cadena, los gorriones siguen ahí, cabezones, anteponiendo sus convicciones a las posibles ventajas.

Cuando encierras a un gorrión en una jaula se muere, y ya está. No hay más explicación. En vez de comenzar a comer el alpiste artificial y conformarse con eso, en su cuerpecito se desata un suicidio autoprogramado gracias al cual, hasta el día de hoy, las personas hemos llegado a asumir como algo normal el hecho asombroso de que a este animal no se le pueda encerrar en una jaula.

A mi, para qué negarlo, ese empecinamiento sin resquicios, ese gusto sin límites por el aire y esa negativa rotunda a pasar a formar parte del mundo de los humanos, me parece en el fondo la apología más inmensa y la demostración más hermosa de ese concepto tan filosófico y tan difícil de definir como es la libertad.
La libertad a cualquier precio. La libertad como medio de subsistencia, como alimento básico del ser que, si en algún momento se interrumpe, pues eso, te mueres y ya está. Porque sí. Porque la libertad te nutre y no estás dispuesto a renunciar a ella por nada del mundo.
Y aunque sepas que tu vida acaba, te da igual porque sabes que tu muerte servirá como prueba de que los gorriones siguen siendo gorriones, por si quedaba alguna duda, por si nos quedaba alguna duda de que esta raza en concreto no se la puede encerrar, ni reprimir, ni obligar a pasar por el aro.

Ahora entenderéis el título del blog, supongo.

viernes, 25 de febrero de 2011

EL TERMÓMETRO DE LA FALSEDAD

Existe un termómetro irrefutable a la hora de medir la falsedad de la gente con la que nos cruzamos en nuestras rutinas (que no solo son las de gimnasio, aunque sí, también) de cada día. Se trata de un pequeñísimo detalle a tener en cuenta.
Esto de los detalles tiene tela. Los que somos obsesivos y algo neuróticos, nos pierden los detalles. Quiero decir, que nos molesta muchísimo más que se vea, por ejemplo, el cursor del ordenador cuando estamos viendo una peli en la pantalla, nos distrae, nos irrita y nos retuerce las tripas mucho más el puñetero cursor que el hecho de que se esté cayendo el techo de nuestro living-comedor a pocos metros.
A lo que iba.
Hay un detalle para saber hasta qué punto la persona que te acabas de cruzar, hola qué tal, muy bien y tú, etc., hay un detalle para saber hasta qué punto es sincera o, por el contrario, le importas una mierda.
Claro que si eres neurótico, como decía antes, creo que te hago un flaco favor abriéndote el campo de los detalles para que te obsesiones todavía más con lo que te voy a contar.
En fin. Ahí va.
Siempre que alguien se te cruce y te salude, lo hará, por supuesto, con una sonrisa. No falla. Es como una marca de la especie humana, hay que sonreír porque si no es como si diésemos a entender que el que está enfrente no es bienvenido, que no lo toleramos, vamos, sería algo así como sacarle los dientes en el lenguaje perruno.

Bien. Te acaban de sonreír. Y tú has sonreído.
Si puedes llevar a cabo un sencillo experimento, si el sujeto en cuestión recién saludado sigue cerca, intenta continuar unos segundos atisbando de reojo sus facciones, concretamente, en este, caso, la boca donde se acaba de producir la tan mencionada sonrisa.
He ahí el termómetro al que hacía referencia. ¡Lo tienes ante tus narices!

Observarás que la sonrisa en la persona falsa, la que inmediatamente te borra de su mente después de sonreírte, se esfuma al instante. Como lo oyes. Te advierto que esto asusta un poco al principio. La sonrisa se borra de un segundo a otro de la cara, así, sin gestos intermedios, sin nada, plaf, un espanto, hasta resulta desagradable de ver.

En cambio, el que te ha saludado y te estima, actúa inconscientemente de una forma distinta. Claro, que el otro también lo hace inconscientemente. De eso se trata. Estamos hablando del inconsciente, por eso lo sucede es real, porque ni uno ni otro se da cuenta de nada.

La sonrisa del que te ha sonreído de verdad aguanta unos segundo en su boca.
La semilla ha caído en terreno fértil, en un alma buena y limpia, en una persona afín, y el proceso de su desaparición es lento, sosegado, cargado de sutiles buenas formas.
Para ser sincero, te diré que, si te quedas observando, no sabrás en que momento (es imposible de precisar) la sonrisa desaparece y el otro vuelve a adoptar su gesto de antes de verte.

Hala, a practicar.
Y espero no producir un tsunami de paranoia a escala mundial...

domingo, 20 de febrero de 2011

El dolor como motor de cambio

A estas alturas no hace falta hacer hincapié en la potencialidad de los momentos duros en la vida para transformarnos, para hacer que maduremos o seamos mejores.
Bien como dosis de humildad, bien haciéndonos bajar del pedestal de insatisfacción para percibir la vida desde un nuevo punto más realista, los momentos de dolor, tan inherentes a el hecho de estar vivo, contienen en sí mismos la semilla del cambio y la transformación.

Todo ser vivo tiende a seguir en su estado de inopia hasta que nos vemos obligados al cambio y a la adaptación, y eso casi siempre vienen precedido por un estallido de dolor, generalmente a la par de un estado de negación cuando todavía nos queremos aferrar a los antiguos patrones de vida que, irremediablemente, se acaban.

Seguramente, si no fuese porque, en algún momento de la historia de este planeta un trozo de mar comenzó a secarse y a estar sobrepoblado de peces, ninguno de ellos se hubiera visto en la tesitura de tener que abandonar el agua para caminar por la tierra firme. En este caso, el patrón es exactamente igual al de nuestras crisis: lo de antes ya no sirve, la vida nos pide un cambio y hala, a joderse, a cambiar branquias por pulmones si queremos seguir vivos, con el correspondiente trastorno y dolor que supone dicha adaptación.

Según esto, el dolor parece inevitable a la hora del cambio. Y lo es. Claro que lo es. Hemos tenido que ver unas torres gemelas ardiendo para que las consciencias populares se vapuleasen (en este caso no sé si para bien o para mal), hemos tenido que vivir un holocausto para que ese dolor sirviese de ejemplo de lo que jamás se puede repetir; ciertos países que ahora reivindican sus derechos en las plazas han tenido que pasarla canutas para llegar a revelarse contra la opresión de los tiranos, y de la misma forma sucederá cuando por fin seamos DE VERDAD conscientes del horror de África, de ese cáncer social que son los bancos (esto ya lo estamos viendo), de la factura que pagaremos por el deterioro del medio ambiente.

Nuestra vida individual no es más que un segundo en la existencia de la humanidad, somos apenas un paso en el amplio desarrollo de una historia de millones de milenios, y puede que por eso nuestra vida individual nos parece tantas veces que carece en sí misma de sentido, pues sólo podrá ser juzgada con la perspectiva del tiempo dentro de millones de años, cuando los que nos precedan digan: mira tú, para esto tenía que haber hambre en aquellos siglos, para aquello fueron esas guerras.

Pero comienza a despertar una nueva consciencia.
He escuchado ya un par de veces que el viejo patrón de vernos obligados a necesitar el dolor como motor de cambio comienza a desaparecer. Ya no necesitamos el sufrimiento para reaccionar. La consciencia puede despertar de muchas otras formas, como puede ser la meditación, que fulmina nuestra programación y nos absuelve del hecho de tener que ser esclavos de nuestro pasado, costumbres, modas, religiones y cultura.

Esto no es fácil. Y estamos muy al principio. Pero con el tiempo estoy casi seguro que estos sucesos tan horribles que suceden hoy en el planeta tendrán un sentido, no dentro de nuestra corta vida, claro que no, pero sí observado con el prisma del tiempo.

Convendría, en cualquier caso, intentar tener en cuenta la idea de que no hace falta generar más sufrimiento para poder transformar el mundo.
Salgamos del agua a respirar con pulmones antes de que se seque el mar, desarrollemos alas antes de que se acabe la comida en la tierra y tengamos que buscar en las copas de los árboles.
Hagámoslo desde la quietud y desde el silencio, y sobre todo hagámoslo sin tener que esperar las crisis que tanto dolor nos obligan a sentir.

Sí, tengo el día místico ¿qué pasa?

Joderse

sábado, 19 de febrero de 2011

GANAS DE PRIMAVERA

Paso estos días metido dentro de casa, saliendo poco, relacionándome menos, metido en el proyecto de mi próxima novela. Una editorial se ha interesado en reeditar mi primer libro que publiqué hace trece años, una serie de cuentos encadenados que configuran una novela corta titulada LAS MALQUERIDAS. Pronto colgaré aquí en el primer capítulo para que opinéis.

Últimamente tengo la desasosegante sensación de que todo lo que sucede, sucede únicamente dentro de mi cabeza.

Para los que solemos habitar con un deleite casi enfermizo ese espacio escurridizo denominado Nuestro Mundo Interior, la llegada del invierno suele resultar ser una buena noticia. El frío, el recogimiento, nos devuelve a ese mundo cóncavo donde se cuecen las historias y la fantasía, nuestro pequeño mundo interior, ese mundo en el que por lo general es más fácil movernos, como contrapunto a los amplios espacios de fuera.
El invierno es para adentro lo mismo que la primavera y el verano son para fuera.
Personalmente, llegado un punto en el mes de agosto, me suelo encontrar agotado y perdido, con ganar de recogerme. Agradezco los primeros fríos del otoño que me devuelven a mi mundo, al interior de la casa, al interior de los bares, mantita, sofá y calor humano (la mayor parte de las veces el mío propio). Pero con las mismas sucede que a finales de febrero, después de tanto tiempo "recluido", mi espacio interno comienza a quedárseme obsoleto, mohoso, y mi cuerpo comienza a gritar: basta, que se acabe ya, que comience la primavera de una puta vez.

LAS MALQUERIDAS es una historia mágica y folclórica, cuya primera parte escribí a los dieciocho años. Lo hice imitando a mi ídolo Gabo, cómo no, y es que cuando uno comienza a hacer algo en el terreno artístico, lo hace siempre emulando a sus ídolos.

Venga, joer, que sé que lo estáis deseando, os cuelgo los primeros párrafos de la novela.

SALUD!


LAS MALQUERIDAS

de Ariel Capone

A Pilar Baides, que postrada sobre mi cama en el hospital, con una mano desmayada sobre mi frente me leía versos de Machado para espantar la muerte.

Para ti, mamá.

UNO

CLARA LA LIRIO

Ninguno de los que descubrieron a Clara la Lirio en su lecho de muerte pudieron olvidar jamás el intenso olor crudo de lirios ahogados que les salió al paso al abrir la puerta de su habitación.

Había muerto a los setenta y cuatro años, y cuando descubrieron el cadáver comprendieron que ya era tarde para preocuparse por una vieja sin descendencia de la que, por no saber, ni siquiera se sabía con certeza en dónde había nacido.

Al parecer, el único testigo de su muerte había sido el mar Mediterráneo, que la espiaba día y noche por el ventanal de su cuarto y, tal como afirmaría poco más tarde el forense de Aldealcuervo, la muerte había visitado a la vieja tres semanas antes por una repentina asfixia en el corazón.

La gente del pueblo comenzó a preocuparse cuando llevaba ya más de diez días sin bajar al mercado a por víveres, y pensaron que algo malo podía haberle sucedido. El primer grupo de curiosos que llegó a la casa y descubrió el cadáver algunas horas antes de que la policía local acordonara la zona, se percató enseguida del olor crudo de lirios ahogados estancado en la habitación, inexplicable teniendo en cuenta que en toda la casa no había ni una sola flor.

Parecía cosa de brujas.

La anciana yacía bocarriba en la cama de matrimonio pulcramente recogida, con las manos sobre el embozo como si ella misma recién acabase de doblar la sabana de lino, sobrellevando la muerte con una altivez tan impresionante que al verla así costaba trabajo no imaginarse que ya estaba velada e incluso enterrada desde hacía tiempo.

Por lo menos eso le pareció a los que la encontraron en la cama, los mismos que se había pasado la vida especulando acerca de la muerta sin que hasta aquel día nadie pudiese corroborar muchas de las historias que de ella se contaban, alimentando de esa forma la leyenda de Clara la Lirio.

Pronto la casa del acantilado acabó de atiborrarse de curiosos que querían verla por dentro. En todos los años que Clara había vivido allí, pocas habían sido las visitas a excepción de Pepe Cónsul, el médico de una aldea vecina que solía atenderla.

Fue uno de los velatorios más tardíos y más concurridos de la isla.

La gente inundó en pocas horas la casa en cuanto corrió la noticia de que Clara la Lirio había fallecido en extrañas circunstancias. Se chocaban como idiotas por los pasillos, desbarataban sin querer los floreros llenos de flores secas y la porcelana china, tomándose la revancha de una invitación que nunca les llegó.

Cuando descubrieron el cadáver eran las cuatro de la tarde y el sol hacía hervir por el inmenso ventanal el olor de los lirios junto con la fragancia dulce a carne vieja de Clara.

La anciana reposaba apenas vestida con un camisón de gasas color celeste que dejaba intuir las formas desafiantes que hubo de poseer en décadas anteriores. Los curiosos que invadían el cuarto iban quedando petrificados al descubrir una alfombra compacta de florecillas violetas que se ascendía por la sábana y trepaba hasta sus muslos, y a continuación se elevaba cuajando por completo el inmenso cabecero del camastro de nogal.

Los curiosos que se santiguaban, lo hacían más con la intención de espantar posibles demonios que por respeto a la memoria de la difunta.

Todo lo que había costado una larga vida construir fue en pocas horas arrasado por los isleños que, ansiosos de encontrar alguna fotografía o misiva que pudiese arrojar algo de luz sobre el oscuro pasado de Clara, revolvían los cajones con disimulo hasta que cayeron en la cuenta de que todos habían venido a lo mismo.

- ¿Sabéis lo que se dice de ella, verdad?, - dijo una vecina.

- ¿Lo del burdel?

- No, mujer, eso lo sabe todo el mundo. Lo de que era una mujer maldita. Lo de que contagiaba su mal fario a todos los hombres que se le acercaba.

- Algo de eso comentaban, sí. Y también lo de la virgen esa, la de la ermita que hay en ese cerro, la que sólo se le aparecía a las putas.

- Dios nos pille confesados, menuda blasfemia.

- Pues sí. Esta vieja es la última que queda del burdel, a las demás putas parece que se las comió la tierra.

- Imagínate. Aquel antro fue poco menos que la perdición de este pueblo. Ahora solo quedan las cenizas.

Los curiosos, contagiados de una repentina complicidad, se repartieron el trabajo en grupos. Parecían estar poseídos de un extraño estado febril, y mientras las mujeres desmantelaban los armarios haciendo volar por los aires los vestidos de tafetán y los abrigos de pieles, los hombres se agolpaban en el jardín posterior para cavar donde, según una de las vecinas, cierta vez se había visto a Clara con una pala y un baúl tan grande como para albergar dos fiambres en su interior.

Bien entrada la tarde, decepcionados por la falta total de indicios y embriagados por el inquietante sortilegio que parecía provocar el asfixiante olor de los lirios ahogados, bajaron en tropel al sótano a beberse las botellas de vino que Clara reservaba para las ocasiones especiales.

Así fue como lo que había comenzado siendo una visita de pésame a quién sabe quién, acabó convirtiéndose en una fiesta desmadrada de cotilleos y búsquedas infructuosas, pues si había algo que Clara se había llevado con ella al otro mundo era, desde luego, el acertijo de su propia existencia.

La casa quedó destartalada, las alfombras arrancadas del sitio y los grifos con goteras, las puertas chirriando con los primeros vientos del alba.

Los que volvieron para santiguarse frente al cadáver a último momento aseguraron que las florecillas violetas que cubrían a Clara se habían extendido por la noche hasta convertir el cuerpo de la difunta en una especie de estatua floral, compacta y majestuosa.

No había ninguna duda: parecía cosa de brujas.


martes, 8 de febrero de 2011

SOPA DE COLIBRÍ

Para todos los que no pudieron disfrutar con la obra corta SOPA DE COLIBRÍ recientemente estrenada en Madrid, voy a dejaos el texto para que os riáis con esta disparatada historia entre Amparo y Victoria Fox, basada en una ensoñación de Bastian Padrino, protagonista de EL MALEFICIO DE LA DUDA.



SOPA DE COLIBRÍ

De Ariel Capone

Dirección: Sonia Sebastián

Restaurante caro y modernísimo con mesas donde se sienta el público. En una mesa, está esperando la cena VICTORIA FOX (35) Delgada, muy bien vestida. En ese momento aparece la camarera, AMPARO, misma edad. Luce una tripa que denota su estado de embarazo. Traje de camarera moderno e impecable. AMPARO trae un cuenco en una mano.

A: Aquí tiene su consomé de colibrí con huevo de cría de codorniz sobre nido de patatas. Espero que le aprov…

AMPARO se interrumpe con el plato en el aire. VICTORIA mira a la camarera y reconoce a AMPARO, su cara se descompone.

V(sorprendida): ¡Virgen…

A(intentando disimular): … Santa!

AMPARO hace una reverencia a VICTORIA, mira hacia el fondo del salón buscando la mirada de alguien, sonríe y deja la sopa. VICTORIA a su vez, dirige la mirada hacia una mesa donde está sentado alguien del público y deshace su gesto de asco.

A (disimulando sonríe): Tú y yo otra vez. Será cosa del destino…

V: Del destino, sí. Si no, no se entiende.

A: No se entiende, no.

Silencio.

A: Hoy es mi primer día en el restaurante… soy la metre…

V(sonriente): Ah, como aquel día hace dos años, ¡También era mi primer día como cajera! Y me tiraste a la cabeza una bolsa de naranjas…

A: ¡Y tú me arreaste con el código de barras! Tuve las putas barras del código marcadas aquí durante semanas...

V: ¿Ah sí? Pues lo siento..

Ambas se miran con odio. VICTORIA coge el plato decidida a tirárselo a AMPARO.

A: Victoria, escúchame. Yo… ¡yo ya pagué por eso!... Acuérdate de Mozambique. Ese día que nos encontramos también era mi primer día de trabajo…

V (se sienta): Ya. “Payasos sin fronteras”. El nombre te venía que ni pintado, eso sí.

A: Pero tú no podías dejarlo pasar, claro. Después de lo del Carrefour tenías que vengarte como fuera. Por un momento tuve la esperanza de que no me reconocieras, allí en el quinto coño y vestida de payasa…

V: Pero te reconocí como te reconozco ahora, aunque vayas vestida de señoritinga con delantal de Prada y fingiendo esos modales exquisitos. Yo sé quien eres. Lo sé todo de ti, bonita.

A: Y yo también sé quien eres tú, Victoria Fox. Y te digo una cosa: en Mozambique ya te vengaste de lo del Carrefour. Tú perdiste tu trabajo por mi culpa y yo perdí el mío. Estamos en paz. Por eso, esto tiene que acabar ya. Me merezco una vida nueva, dejar atrás… bueno todo eso que tú ya sabes. ¡Y tú también te lo mereces, joder!

V: Si hoy fuese mi primer día de trabajo, si los papeles estuviesen cambiados, seguro que ibas a pensar lo mismo ¿no? Lo que te jode es que tu puesto de trabajo vuelva a estar en mis manos.

Silencio. AMPARO echa una mirada alrededor. Mira a su enemiga perspicazmente.

A: Espera. Aquí pasa algo raro. ¿Por qué todavía no me has clavado un tenedor en el brazo? Aquí pasa algo…

VICTORIA disimula. AMPARO mira al público sentado en las mesas y sale de la sala.

V(para sí misma): ¡Mierda!

Victoria bebe agua, disimula. Amparo regresa con una sonrisa pícara y un salero

A: Aquí tiene… ¿Ves aquella mesa?

V(disimulando): ¿Cuál?

A:¿Sabías que él es el director de la guía Michelín?

V: (bebe nerviosa): ¿Qué guía?

A: Michelín. Hacen críticas a los restaurantes, que paradójico ¿verdad?

V: Sí...

A: Mi jefa anda todo el día de los nervios con el rollo de tenerlo todo a punto…

V: ¿Y?

A: Esta semana iba a venir de incógnito un crítico o crítica de la guía Michelín.

V: ¿Y qué tiene que ver eso con….?

A: Pues que el jefe de la guía siempre suele acompañar al crítico en cuestión en su primer día de trabajo… ¿qué te parece?

Ambas se miran. Silencio.

V: Que de todos los restaurantes de Madrid, me tenían que mandar a este. Voilá. Yo soy ese crítico.

A: Dios santo. (Amparo se da cuenta de que está también en una clara posición de poder)

V: Al parecer esta vez cada una tiene el futuro de la otra en sus manos. Como una especie de mal chiste, vamos.

A: Mira, se me ocurre una cosa.

V: ¿Te has vuelto loca?

A: (sentándose) Estás en el restaurante más chic del centro. Un nuevo concepto en comida y atención al público. Me dan comisión si me enrollo a hablar con los clientes, si me siento en la mesa y todo eso. Y más cuando se enteren que eres la crítica de la Michelín. Tú sígueme el juego, venga. Y come y disimula.

AMPARO le acerca el consomé.

V: No sé. Se me ha quitado el hambre. Consomé de colibrí… esta cocina impresionista ecléctica que anunciáis la verdad es que impresiona un poco.

A: Tú porque no has tenido que entrar en la cámara frigorífica y ver esa cantidad de "colibrís" colgados del pico…

V: ¿Te das cuenta de que esta es la primera vez que tenemos oportunidad de hablar desde…?

A: Es verdad. Qué triste. Desde que somos enemigas sólo nos vimos aquellas dos veces, y las dos nos cogimos de los pelos.

V: Bueno las relaciones de odio están un poco infravaloradas ¿o no? Hay enemistades que son más profundas y más verdaderas que muchas de las relaciones de amiguetes que tiene la gente.

A: Sí. Ahora me vas a decir que podríamos fundar una especie de FACEBOOK pero para gente que se odia ¿no?

V: Pues mira no estaría mal. Una especie de red antisocial…

A: Ahí, ahí. Etiquetaríamos a nuestros enemigos en las peores fotos, en las que salen hechos un cuadro…

V: Tendríamos una bandeja de entrada de insultos y amenazas…

A: Amparo y Victoria Fox “ahora son enemigas”

Las dos, por primera vez, se miran con cierta complicidad a punto de reír.

A: Anda, tómate la sopa. No me dejan estar sentada más de cinco minutos.

V: Sigues igual ¿sabes? Igual que cuando te conocí.

A: Ya. El Malasaña de los noventa.

Cantan “No puede caber aquí”…

V: Que tiempos y qué enganchadas a todo estábamos…

A: Tú tenías ese idealismo trasnochado que me hacía tanta gracia. Robaste más de 1000 litros de Champán Monet a aquel narco justo antes de que lo metiesen en el trullo.

V: Pensaba que era cocaína…Y ni siquiera me lo quedé.

A: No, claro. Tú tenías tus valores, repartiéndolo gratis entre los drogadictos y las putas a lo Robin Hood…

V: Pues sí, entre la gente que de verdad lo necesitaba… incluida tú.

A (burlona): Gracias, Victoria Fox. Eres increíble…

V: (en alto) No pensabas eso cuando te recogí en la calle, te metí en la casa okupa de San Bernardo y te acompañaba cada día a alcohólicos anónimos…

A: ¡Baja la voz!

V: ¿De verdad quedó todo tan atrás? Pues qué suerte, hija. Te envidio, la verdad.

A: Si… soy como el típico nazi, ese que ha mandado a la cámara de gas a miles de personas. Un buen día aparece en las noticias porque acaban de encontrarlo en un pueblecito perdido de Alemania. Ahora es un viejecito bonachón que tiene montada una guardería de niños. A los que acumulamos varias vidas dentro de nuestra vida muchas veces nos cuesta enterrar a las personas que fuimos. ¿No nos merecemos de una vez una vida normal?

V: Bueno… ahora parece que lo has superado, por lo que veo. (señala su embarazo)

A: (triunfal) Sí. Lo he conseguido. Estoy preñada.

V: Me acuerdo de la época de Malasaña. Las dos queríamos. Las dos pensábamos que eso nos iba a salvar.

A: Tú siempre ibas con un Predictor en el bolso.

VICTORIA echa mano de su cartera y saca un predictor de ella.

A: ¡Todavía andas con eso! Virgen…

V: …Santa. Lo estoy intentado ahora por inseminación artificial. (la mira)

A: Ah, no. No. Yo todo natural. Me quedé de un amigo. Pero vamos, que el crío va a ser mío. Nunca me atreví con eso los espermatozoides congelados. No se. Me da grima.

V: Eso es una chorrada. (triste) Pero bueno, yo no tuve suerte. Tres abortos naturales en dos años. A ver si la próxima…

A: Desde luego, chica, tú todo al revés. Las fecundaciones las tienes artificiales. Y los abortos… ¡naturales!

VICTORIA esta vez no puede contener la risa.

A: Anda, bébete la sopa antes de decidir si vas a arruinar la vida mía y la de mi hijo.

VICTORIA la mira perspicazmente.

V: Oye ¿y por qué tienes tú tanto interés en que me beba la sopa?

A: Por nada. Porque te la bebas y eso…

V: (perspicaz) No puede ser…

A: No puede ser el qué.

V: ¿Tú te acuerdas por qué te echamos de la casa okupa?

A: Victoria, ¿es necesario que hablemos de eso ahora? Se supone que ya no somos esas dos mujeres. Parece que te empeñases en remover la mierda. Estamos aquí, sentadas por primera vez, charlando. El destino nos ha puesto …

V: Te eché de la casa porque me measte en la maceta de mi planta favorita. Aquella planta era la única herencia que mi madre me dejó en su lecho de muerte.

A: ¡Y la bolsa de naranjas lo primero que yo tenía a mano cuando te vi en aquel Carrefour!

V: Yo tenía aquel poto precioso. Lo cuidaba todo los días, le hablaba. A mi nunca se me han dado bien las plantas.

A: Ni las plantas ni nada.

V: Pero aquel poto… ¡cómo tenía el poto!

A: Anda, corta el rollo, cualquiera que te oiga…

V: Y tú lo mataste. Te pillé meando en la maceta.

A: Pues sí. Tú me acababas de quitar a Roberto. Por eso lo hice.

V: ¿Roberto? ¿Y Roberto valía más que el recuerdo de mi madre?

VICTORIA levanta en el aire el consomé.

V: Dime por qué insistes tanto en que me tome la jodida sopa.

A: Ya te lo he dicho y te lo repito: por nada.

V: Pues yo te voy a decir ahora mismo por qué. Cuando he entrado al restaurante me has visto desde la cocina y te has dado cuenta de que era yo… Y ni me imagino cómo te las habrás apañado pero una cosa la tengo clara: has meado en mi sopa.

A: ¡Por favor! Tú estás fatal. Te has metido demasiada mierda en la otra vida, chica.

V: Luego has venido hacia aquí, disimulando, disimulando mal, porque si tú tienes un problema es que a ti siempre se te ha visto venir, perdona que te diga. Claro, que entonces no sabías que yo era la crítica de Michelín, pero has hecho como que te sorprendías… ¡y todo para colarme la asquerosidad de sopa meada esta!

A: Estás loca.

V: Sí. Estoy tan loca que ahora mismo voy a levantarme y llamar a tu jefa. Voy a decirle quién soy, y a decirle también que has meado en mi sopa. No sólo perderás la estrella de la guía Michelín, que ya de por sí no pensaba dárosla con la mierda esta de cocina ecléctica impresionista, sino que además pienso meterte un puro que te vas a cagar. Has atentado contra la salud pública y óyeme, me da igual lo preñada que estés, ni tu nuevo intento de empezar una nueva vida…

A: ¡Victoria! Si haces eso, yo voy y le suelto a tu jefe dos o tres cositas de tu época de Robin Hood de los poblados que seguro le van a resultar la mar de interesantes.

V: (se sienta, burlándose) Tómate la sopa, tómate la sopa… ¡serás zorra! ¡Confiesa! ¡Has meado! ¡Lo has hecho!

A: Eso no lo puedes probar. No lo puedes probar.

Algo se ilumina en la cabeza de VICTORIA. Abre el bolso.

V: O puede que sí lo pueda probar…

A: ¿Qué?

V: Pues eso. Que tengo el Predictor.

AMPARO abre mucho los ojos.

A: Debes estar de broma… tienes que estar de coña…

VICTORIA saca el Predictor y lee el prospecto.

V: Exactamente un minuto y…

A: ¡Vas a hacerle un test de embarazo a una sopa!

V: Si diese positivo, o este es el primer consomé de colibrí en estado de buena esperanza de la historia, o resulta que, mira por donde, has meado en la sopa.

Sin apartar los ojos de los de AMPARO, VICTORIA abre el Predictor, lentamente.

A: No. No lo hagas. Todos… nos están mirando. No lo hagas, por favor.

VICTORIA introduce el artefacto en la sopa.

V: Bueno, tenemos un minuto… ¿tienes algo que confesarme?

A: Esto es… surrealista. Además, estos trastos suelen fallar…

V: (leyendo el prospecto) “Certeza total… un noventa y nueve por ciento de índice de acierto”

A:¿Y si… no sé… la colibrí estaba embarazada? La sopa lleva huevo, a lo mejor el huevo da un falso positivo.

V: Treinta segundos y por Dios que me tiro a cogerte de los pelos así sea lo último que haga en esta vida.

A: Victoria ¿Vas a echar por tierra todo lo que hemos hablado?

V: Quince segundos.

A: Estoy segura de que tiene que haber otra forma de solucionarlo…

V: Cerda hija de la gran puta. (con rintintín) Tómate la sopa, tómate la sopa. Y yo desnudando mi alma ante ti. Cinco segundos.

A: Vale. He meado en la sopa.

VICTORIA aprieta los puños. Las dos se miran. La tensión es total.

V: No te puedes hacer una idea de cuanto te detesto, Amparo.

A: (en un arrebato de ¿amor-odio?) Ni la mitad de lo que te detesto yo a ti, Victoria y nunca voy a dejar de hacerlo. ¿Sabes por qué? Porque por desgracia esa debe ser ya parte de mi razón de ser, porque odiarte es mi única constante, necesito hacerlo y esperar tu respuesta. Saber que tarde o temprano el destino nos volverá a unir y volveré a poder decirte: “TE ODIO”.

Se miran intensamente. VICTORIA sin apartarle la mirada coge la cuchara con suavidad, la mete en la sopa y se la lleva a la boca, bebe, la saborea.

V: Yo también.

Vuelve a beber otra cucharada, y otra, y otra. Deja la cuchara, se limpia la boca con una servilleta elegantemente. Victoria guarda el Predictor en el bolso, deja un billete encima de la mesa y se levanta.

V: Volveremos a encontrarnos, querida.

Amparo mira marchar a Victoria Fox.

A: Sí… volveremos a encontrarnos.





MI MUERTE

La semana pasada estuve viendo un documental del National Geogrphic sobre la segunda guerra mundial. Como siempre que observo algo, los detalles más relevantes (fechas, personajes, batallas) tienden a disolverse en mi percepción, más preocupada en captar detalles (la mirada de aquel soldado, ese perro relamiéndose en la trinchera, la bandera ondeando sobre un cielo de 1943). Creo que por eso siempre me costó memorizar la historia. O memorizar las cosas importantes cuando el profe las daba en clase. Mi percepción siempre estuvo emparentada con lo próximo, con el milagro del alrededor, y eso me ha hecho perderme las cosas "importantes", tan difíciles de asumir, como la caída de un imperio o la vida de Alejandro Magno. Para mi, sentado en el pupitre de mi niñez, terriblemente aburrido, tenía mucha más importancia la luz que entraba por la ventana o ese pelo erizado al aire de la compañera que tenía delante.
Con los documentales, con este documental en concreto, me pasa lo mismo. Además, por motivos añadidos, que es a lo que quería ir,

Muchas veces (creo que no soy el único) he intentado imaginarme la continuidad de la vida después del día de mi muerte. Me cuesta, la verdad. Nos cuesta imaginar cómo todo sigue su curso cuando ya uno está metido en el cajón o con las cenizas esparcidas por tu lugar favorito que es muy bucólico, sí, pero que a mi siempre me ha dado como repelús porque ya bastante esparcido he estado a lo largo de mi vida como para estar en mil sitios a la vez de muerto. Vamos, que prefiero pudrirme en un lugar concreto, pero bueno, mejor lo dejo, que ya me estoy yendo por las ramas.
A lo que iba. Pienso en el día de mi muerte y me cuesta imaginar el mundo continuando sin mi. No es que me cueste pensar en el mundo continuando sin mi como suceso general, es decir, el mundo evolucionando, saliendo al mercado el Iphone 5, el Iphone 6, el Iphone 7, la civilización descubriendo la vacuna del SIDA y lo que vaya a venir. No. En general, no me trastorna pensar que la humanidad seguirá adelante. Es cuanto más me acerco con lupa, cuanto más me arrimo a los pequeños detalles cuando me entra el desasosiego.
El primer telediario de las tres del día que yo falte, esa presentadora hablando y hablando como si tal cosa sobre cualquier noticia, eso sí que no lo puedo soportar. Y cuanto más acerco la lupa de los detalles, más se me retuerce el estómago. Esa hoja del olivo que han puesto en la Gran Vía temblando en un segundo concreto (¡y yo no estoy!), el tiempo detenido en el chorro cantarín de la fuente de Aldeonsancho, sonando toda la tarde, y yo sin estar.
Sin estar.

Con los episodios de la segunda guerra mundial me pasaba algo parecido. Mi imaginación viajaba, se iba. Muchas veces me he preguntado cómo sería el mundo cuando yo no esté. Pues bien. Ahí estaba. Yo en 1943 no existía. Yo, en 1943 estaba muerto, tan muerto como lo estaré dentro de algunos años. Y sin embargo... allí estaba, el mundo sin mi, como si tal cosa. La nube retorciéndose en el cielo (y yo no estaba), el humo de un cigarrillo desintegrándose en el aire (y yo estaba muerto), la mujer polaca entregando una flor a un soldado, y yo no existía.

Muchas veces me pregunto cómo es estar muerto. Isabel Allende decía que la vida es un montón de ruido en medio de dos insondables silencios. A mi que no me venga a vender ahora la Iglesia la vida en el más allá.
Si somos eternos, entonces también nos acordaríamos de la otra muerte, de la que sucedió antes de nacer, que es, en definitiva, la muerte más larga.

Pasamos tanto tiempo muertos y tan poquito vivos que, en la inmensidad del tiempo, la vida no deja de ser algo anecdótico.

Pasadlo bien mientras dure.



miércoles, 2 de febrero de 2011

MIS FOTOS DESNUDO

Escribo esto al amanecer.
Desde mi ventana puede verse mi terraza y, muy a lo lejos, la sierra cuya nieve, con los primeros rayos del sol, resplandece de un rosa brillante.

A los escritores que no publicamos inmediatamente las novelas y que somos prolíficos (aunque no tanto como Stephen King que escribe una novela al año ni mucho menos como Barbara Cartland, que escribió una novela a la semana durante noventa y nueve años, echad la cuenta) suele acumulársenos el trabajo, es decir, que cuando presentamos una novela ya tenemos otra terminada, lo que te coloca en un permanente estado como de dejavu, pues nunca estás a lo que estás, vamos, que de lo que te apetecería hablar, o sea, la novela que acabas de terminar, no puedes, y tienes que soltar el rollo en las entrevistas sobre la que escribiste hace tres años, que ahora ya casi ni te acuerdas de donde surgió ni qué la motivo, que para el caso, es lo mismo, o todavía mejor, porque inventárse las respuestas de las entrevistas siempre queda mejor que contar la verdad. Al fin y al cabo, como dice Bastian, no existe la verdad ni la mentira sino las historias bien o mal contadas.
Pero hoy no quiero hablar de mi próxima novela, sino de la siguiente. O sea, que ahora me encuentro pensando y escribiendo lo que, con suerte, saldrá a la venta dentro de cuatro o cinco años.
Quería escribir una historia de amor.
Luego me pasa lo de siempre, que me pongo a pensar y, a la segunda página, ya me he cargado a uno de los protagonistas.
Esta no va a ser la historia de amor típica.
Uno de los dos muere, sí. Ella. Se llama Wanda. Me interesa el amor después de la muerte. Me interesa el luto del que se queda. Y no como un sentimiento de soledad. Me interesa hacer hincapié en que, la muerte de uno de los dos miembros de una pareja, puede acabar siendo un pasaje más en el proceso amoroso de la relación. Una etapa más, pero no la última, ni menos importante que la fase del enamoramiento o la de la convivencia. El amor que sigue ahí, porque uno de los dos lo sigue ahí. O mucho más enrevesado: el amor que sigue ahí cuando los dos desaparecen.

Se va a titular PENUMBRA, una palabra que me encanta. Nunca me ha dado miedo la oscuridad, mucho menos la luz, pero sí esa franja de penumbra donde se desdibujan lo objetos, donde las cosas se mueven y se retuercen y parecen cobrar vida si las miras fijamente, donde la realidad (que es realidad por el simple milagro de la luz) muere de asfixia, agoniza, y nos muestra el lado reverso de las cosas.

Hala, joderos, vais a tener que esperar cuatro años y yo ya estoy disfrutando con ella.

Por cierto, si os preguntáis el por qué del título MIS FOTOS DESNUDO, os diré que, aunque soy relativamente nuevo en esto de los blogs, os conozco lo suficiente como para saber que si no pongo un titular jugoso nadie picáis para ver el blog.
Cabrones, que sois unos cabrones.

El que quiera una foto desnudo que me la pida por el MANHUNT.





martes, 1 de febrero de 2011

SUENA EL MOVIL

Suena el teléfono móvil.
En el invierno llevo el aparatito en el bolsillo interno de mi chupa, pegado al corazón. Cuando suena, me llevo siempre la mano al pecho en un gesto instintivo, que desde fuera puede parecer más afectado de lo que realmente es. De los instintos, existen los bajos y existen los altos. De los altos nunca se habla, a saber si existen. Este, el de llevarme la mano al pecho, resulta bastante significativo.
Suena el móvil.
Parece un hecho simple y aislado sin embargo... ¡cuántas mecanismos inconscientes se desatan a raíz de tan pequeño suceso! Resulta difícil de reconocer, pero interiormente es difícil no sentirse un pelín importante cada vez que se produce una llamada. Aunque sea un poco. Aunque sólo sea por el alivio y la corroboración de tu existencia, siempre encaminada a existir gracias a los demás. Suena el móvil. Es imposible no crearse cierta expectación, cierto latido.
En una simple llamada, en dos décimas de segundos se juegan nuestras esperanzas de una noticia que siempre aguardamos y que posiblemente caducará antes de materializarse o, peor, nos vayamos a la tumba con ella. En dos décimas de segundos sucede el sobresalto y la invasión de nuestro gran mundo de pensamientos de pronto interrumpido. Es casi como estar leyendo un libro y vernos obligados a levantar la mirada de la página para mirar hacia fuera.

En esas dos décimas de segundos que preceden a la llamada puede medirse lo que esperamos y lo que tememos de la vida, hechos inconscientes y puede que no asumidos que, si estamos pendientes, pueden mostrarnos las claves de nuestro presente. La melodía del teléfono puede ser el estallido de esperanza cuando anhelamos una llamada de alguien que acabamos de conocer, o puede ser la punzada de hastío cuando los acreedores de tu negocio todavía piensan que van a cobrar lo que les debes, o puede ser la promesa de abandonar el aburrimiento de la rutina, o también el terror fatídico de esa llamada a las cuatro de la madrugada, a esas horas que la muerte siempre elige para dar las malas nuevas.

Suena el móvil. Me llevo la mano al pecho. Móvil y corazón, tan juntos, con esa intimidad que me intimida. ¿Quién será? ¿Qué será? Imposible no sentirse un poco expectante, un poco importante, recién arrancado de la intimidad de mis pensamientos y de mi mundo.

Miro la pantalla. Número privado. ¿Lo cojo o no lo cojo? Terrible decisión.