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lunes, 24 de enero de 2011

EL LUJO DE LA TERAPIA

Nunca he defendido la terapia de psicoanálisis como una necesidad sin casi como un lujo. Me parece que no hace falta estar atravesando un momento fatal para decidirse a dar ese gran paso que significa de verdad hacer algo por uno mismo como es vencer la pereza de enfrentarse al terapeuta (cosa bastante incómoda la primera vez, lo reconozco). En primer lugar, porque lo de psicoanálisis suena fatal, porque es un concepto lleno de etiquetas y prejucios. Yo también desconfío de esos terapeutas de horas interminables en las que te la pasas hablando de tu pasado sin que eso lleve mucho más allá de un desahogo que es pan para hoy y hambre para mañana, ahí está el dicho popular de que un hijo de puta que haga psicoanálisis no es más que un hijo de puta psicoanalizado. Yo quiero resultados rápidos, estoy pagando un pastón y quiero que se note desde la primera semana.
Por mi parte, desde niño siempre supe que iría a terapia en cuanto pudiera pagármela. No es que me viera tan mal (dicho así lo de antes casi da miedo), simplemente tenía una curiosidad innata de conocer y desentrañar como funcionaba mi cabecita, esa cabecita que tantas alegría me daba pero que con tanta frecuencia se divertía poniéndome la zancadilla. Era el mismo interés que más tarde me llevó a indagar entre ciertas religiones orientales, o en prácticas como el yoga y el reiki. Todo se basaba en lo mismo. Querer estar mejor, querer evolucionar como persona sin que mis malos hábitos de pensamiento me lo impidiesen.
Normalmente vamos por ahí sin rumbo fijo. Creemos que la felicidad vendrá con el trabajo que esperamos, con la familia que se formará, con el coche que nos compraremos. Esperamos. Gastamos en cosas que no necesitamos para nada, gastamos en drogas que nos den cierta sensación momentánea de felicidad, y sin embargo ¡qué poco hacemos por estar DE VERDAD mejor! Es decir: practicar la reflexión, aprender a disolver las trampas que nosotros mismos nos ponemos, en definitiva, hacer terapia con profesionales que llevan toda la vida ayudando a personas, que conocen exactamente cual es el camino más corto hacia nuestra realización.
¿No merece la pena aunque sea intentarlo? ¿De dónde salen los prejuicios? ¿Es tan estrambótico, tan raro pedir ayuda, comenzar a practicar unos simples ejercicios para ponerse YA MISMO manos a la obra en lo que resulta ser nuestro único propósito en la vida, o sea, conseguir la paz y la realización?
Siempre he recomendado la visita a un buen profesional, y desde aquí no tengo ningún problema en ayudar, como siempre, a cualquiera que quiera comenzar ese viaje increíble del conocimiento hacia uno mismo. Tengo la suerte de conocer a los mejores especialistas de Madrid, en uno de los cuales, os cuento en plan anecdótico, aparece basado mi personaje de José Carlos en EL MALEFICIO DE LA DUDA, aunque a decir verdad sólo tomé de él un par de rasgos y un par de declaraciones de cariño que el protagonista le realiza en momentos puntuales del relato.
En os últimos cinco años, he enviado a mucha gente al gabinete GAMP de Madrid, y nunca (nunca) me he sentido tan halagado y tan agasajado como con el agradecimiento de todos y cada uno de ellos. Los logros de la terapia son casi instantáneos. Yo solo les digo: tú empieza, que la primera consulta es gratis, luego, si no te convence, pues no vuelves y ya. Porque también puede ser que ese no sea tu camino, lo comprendo perfectamente y me parece genial. A los quince días el cambio es brutal.

En fin, chicos, que no creo que haya que esperar a estar destrozado para comenzar una terapia en plan UVI. Aunque es verdad que solemos buscar ayuda cuando ya no queda más remedio, es aconsejable prevenir que curar. El que está en el fondo del pozo consigue salir con la terapia, sí, pero para el que está en una época lineal, quizá aburrido de su vida, quizá estresado, sin encontrarle sentido a las cosas, los beneficios y los progresos son espectaculares.

Para todo aquel que quiera asesoramiento en lo que estoy hablando, y decidirse a dar ese paso fundamental que consiste en comenzar a cuidarse, que no dude en escribirme a mi correo y le presentaré a alguno de estos especialistas que en su día dieron un vuelco tan grande a mi vida.

MI MAIL: ferarielcapone@hotmail.com


Gracias Juan Carlos! Gracias Doc!

viernes, 21 de enero de 2011

Luis Algorri en ODISEA



Hoy me he despertado con una sorpresa. El genial Luis Algorri, en la revista Odisea, me dedicó su página. No tengo nada más que añadir a lo que podéis leer si pincháis la foto para ampliarla. Cosas como éstas, exactamente como estas, son las que compensan todo el trabajo y todo el esfuerzo contracorriente de los tres últimos años.



jueves, 20 de enero de 2011

LA ENTREVISTA ÍNTEGRA DE SHANGAY EXPRESS


Promocionar un libro (supongo que con un disco o una peli pasa lo mismo) consiste básicamente en repetir las cuatro mismas chorradas, adornándolas un poquito por aquí y por allá para que no parezca que te estás repitiendo como una cacatúa. En el caso de Shangay Expréss, he tenido la suerte de que el redactor Pablo Giraldo, me hizo una entrevista estupenda además de unas fotos muy buenas. Eso, unido al cariño que que tengo a la publicación y la repercusión tan grande que tiene, han hecho que estos días ande de tan buen talante.
Como siempre sucede cuando no hay demasiado espacio, la entrevista original fue reducida para adaptarla a la página, por lo que ahí va la entrevista íntegra para quien le interese.


- ¿Contar con dos padrinos de excepción como Alaska y Eduardo Mendicutti es cubrirse la espaldas?

Mendicutti es uno de los autores que más disfruto leyendo y Alaska es, simplemente, mi ídolo de la infancia. A Eduardo lo conocía ya, y Olvido se puede decir que, desde el principio, formó parte de la novela, pues tenía en mente todo el tiempo utilizar El maleficio de la duda para llegar a ella. El primer vinilo que me compré con catorce años fue No es pecado, y me pasé los siguientes meses frente al espejo haciendo el playback de La funcionaria asesina cuando me quedaba solo en casa. A veces pienso que mi ramalazo artístico comenzó a forjarse allí, frente al espejo, con una sierra eléctrica imaginaria en las manos y haciendo rodar cabezas. Pensé que Alaska no me contestaría cuando encontré la forma de hacerle llegar la novela. Al mes, recibí un mail que decía que no había podido dormir toda una noche hasta leérsela del tirón, y eso que estamos hablando de un ladrillo de quinientas páginas. El que no pude dormir las siguientes noche fui yo.

¿Cuál era la pregunta? Sí, me considero con las espaldas maravillosamente cubiertas.


- ¿Cómo de difícil resulta hacerse un hueco en el mundo editorial aun habiendo publicado anteriormente?

Es complicadísimo. Ha sido un trabajo a tiempo completo para conseguir llegar hasta donde estoy ahora y que la novela esté teniendo tan buena acogida. Pero bueno, como soy mega obsesivo, he canalizado en parte mi neurosis por ese lado. La parte de la promoción es todo lo contrario al momento plácido y solitario de la escritura. La criatura sale al mundo y entonces, como mister Hyde, tienes que convertir la introspección en proyección, comenzar a venderte a diestro y siniestro y no dejar escapar ni una. En definitiva, tienes que comenzar a hacer todas esas cosas que las editoriales no hacen por falta de medios, ya sabemos todos lo mal que está la industria editorial. Hacen falta nuevas ideas para vender libros. Por nuestra parte, decidimos sacarlo directamente en edición de bolsillo con solapas para que el precio apenas sobrepasase de los diez euros. A mi también me cuesta pagar veinticinco eurazos por un libro tal y como están las cosas.

- “El maleficio de la duda” supone, entre otras cosas, un retrato de Chueca diferente al habitual. ¿Otra Chueca es posible?

Chueca está en un punto muy delicado. Fíjate ahora las últimas noticias, hasta el Orgullo está en la cuerda floja, y eso que es la mayor fiesta de Madrid. Yo acabo de cerrar mi restaurante en Chueca por culpa de la crisis. Cuando abrimos, hace diez años, en el barrio comenzaban a florecer restaurantes de pequeños empresarios, lugares con encanto que tenían su propia personalidad. Entonces no había lugar para la franquicia ni para los grandes grupos hosteleros que ahora están jugándose el barrio al Monopoly. No tengo nada en contra de ellos, pero la realidad es que cada vez va quedando menos espacio para las propuestas originales. Las grandes marcas tienden a unificarlo todo, y en ese sentido creo que Chueca está perdiendo algo del genuino sabor de antaño.


- ¿Apostar por la novela negra es aprovechar el tirón o eres un aficionado de pro del género?

A pesar de que me considero un escritor comercial, sería incapaz de apostar por un género con el único fin de hacer caja. La novela negra o, más bien, la ciencia ficción y el terror son mis géneros literarios favoritos, donde me encuentro más cómodo a la hora de escribir. Con El maleficio de la duda me plantee llevar el género del terror a un lugar donde no suele ubicarse. Quería una historia con personajes densos, bien escrita, adulta y honesta. Quería hacer literatura de verdad en un género donde abundan las sagas descafeinadas y soporíferas de vampiros y zombies. Me puse como objetivo escribir un relato de terror que pudiesen leer mi madre y mi hermana, que detestan el género. Resultó curioso, porque en mi novela se aúnan el hiperrealismo más crudo de Bukowski con el realismo mágico de Gabo, mi escritor favorito. ¿Cómo se hace eso? Vaya, pues me tuve que romper bastante la cabeza. El resultado está ahí, para el que le pique la curiosidad.


- ¿Qué autores y novelas te han servido de modelo e inspiración?

Esta novela tiene tanto de Stephen King como de Los funerales de la mamá grande, de García Márquez. Fue un quebradero de cabeza hacer coincidir la poesía con la parte hiperrealista. Tenía muchas dudas de que fuese a funcionar, no por mi parte, porque siempre me he sentido muy seguro de la novela, sino porque nunca puedes preveer la reacción de la gente. Qué cojones, voy a serte sincero: a mi la novela me encanta. Ya sé que esto puede sonar creído y soberbio. Pero en una persona tan sumamente crítica y exigente como yo, tan acostumbrado a juzgar sin piedad lo que escribe, poder decir lo de antes resulta bastante tranquilizador. (risas) Soy mi principal crítico, eso lo tengo muy claro.


- Como el protagonista de tu novela, ¿Hasta qué punto es peligroso confundir alucinación, memoria e imaginación?

Como es natural, soy un defensor total de la fantasía como lugar donde habitar. Pero hay que tener cuidado con la mente. Creo que las personas nos hemos vuelto demasiado “mentales”. Este no es un tema sencillo. La mente es un instrumento increíble pero con funciones limitadas. La mente es sólo parte de nuestra percepción, que abarca muchas otras formas de ser conscientes. La mayor parte de la gente vive hipnotizada por la voz en la cabeza que les habla y les habla sin parar, y que confunden con su verdadera identidad. No lo es. Aprender a dejar la mente quieta y suspender el pensamiento cuando no es necesario creo que es, en estos momentos, el mayor reto de la humanidad si queremos cambiar las cosas desde dentro, algo absolutamente necesario teniendo en cuenta cómo está el mundo. Como escritor y como persona, me debato entre mi fascinación por el lenguaje de la mente y mi necesidad de acallarla para lograr vivir el momento presente sin nada que lo empañe.


- ¿Hay algo de reivindicativo o de llamada de atención en esa bajada a los infiernos de la droga de Bastian que retratas, algo tan habitual en un barrio como Chueca?

Bueno, la cocaína está ahí, en Chueca y en todas partes. El tema de la droga es complejo. Si tuviera que aconsejar a alguien entre droga sí o droga no, en general, elegiría la segunda. Digo en general porque me da la sensación de que la gente utiliza la droga de una forma frívola y peligrosa, a un nivel puramente recreativo. Por otra parte, hay cientos de sustancias y cada tiene sus particularidades y yo, menos esa que sirve para abonar las orquídeas, las he probado todas. Creo que si estás preparado y tienes suficiente madurez, ciertos tipos de droga pueden ayudarte a percibir la realidad desde otros puntos de vista. En ese caso te diría: adelante, hazlo. Mucha gente vive con esa visión del mundo dictada desde los púlpitos de las iglesias o en los debates televisivos, esa visión tan triste y tan chica de lo que es la existencia.


- Bastian, un escritor en plena sequía creativa con demasiados problemas con uno mismo… ¿Hasta que punto utilizas al protagonista como tu alter ego?

Bastian soy yo de principio a final, de la misma forma que soy yo cada uno de los demás personajes. Para mí la literatura solo tiene sentido como una forma honesta y seria de hablar de uno mismo. Escribo lo que soy y soy lo que escribo.


- ¿Hay algo en ti que responda a ese cliché del escritor de novela negra torturado?

Que va, tengo muy poco de escritor torturado, entre otras cosas porque sé que nosotros somos nuestros únicos verdugos, y yo procuro ser benévolo conmigo mismo. Otra cosa es que pueda ponerme en la piel de un escritor que las pasa canutas, porque yo las paso canutas por otros temas. Por ejemplo: lo que más me saca de quicio en la vida es el maltrato animal. Aunque soy consciente de que quizá ése no sea nuestro principal problema, visceralmente no existe nada que me toque más. Es increíble la falta total de derechos de las otras especies con las que compartimos el planeta, es tristísimo, hay que estar de verdad muy desconectado de uno mismo para sentarse en una grada a ver como torturan a un animal tan noble como un toro, un animal que solo espera de la vida pacer con tranquilidad en el monte que lo vio nacer. ¡Y que luego encima llamen a eso “cultura”! Repito, no quiero entrar en el debate, no quiero perderme en argumentos mentales, solo te digo esto: el que no se cuenta de que infringir dolor a otra criatura no está bien, simplemente es que es una mala persona.


- El maleficio de la duda” se puede definir como un viaje introspectivo, una vuelta a la infancia más truculenta, “una experiencia redentora” en palabras de Mendicutti. ¿Ha supuesto algo de catártico enfrentarse a uno mismo?

En una segunda lectura, el Maleficio de la duda es una novela que habla sobre el perdón. En este caso, el perdón a los padres. Creo que en la edad adulta a todos nos corresponde el trabajo de echar la vista atrás para comprender y perdonar a los que influyeron sobre nosotros cuando éramos niños, pues entonces no teníamos la suficiente capacidad para hacerlo. Personalmente, he utilizado la terapia psicoanalítica para comprender y perdonar a los que me hicieron daño sin querer.

- Caballos mutilados, matas de pelos de lo más ubicuas, mirillas misteriosas… ¿De dónde te salen todas esas perversiones con esa cara de buen chico?

¿Cara de buen chico? Bueno, eres el primero que me dice eso. La verdad es que soy bastante bueno, sí. O, mejor dicho, que tengo bastante capacidad de empatía, de ponerme en el lugar del otro. ¿De donde salen esas cosas horribles? Bueno, como dijo Alaska en la presentación, “la vida da un miedo horrible”, y es verdad. Estamos habituados a convivir con el terror, y hemos desarrollado una capacidad de pasar de refilón por su lado, casi sin despeinarnos. Vamos por ahí con la sensación de que eso no va con nosotros, de que eso no puede pasarnos… hasta que nos pasa. No hay más que poner el telediario o salir a la calle para saber de dónde vienen esas cosas horribles por las que me preguntas, y el que no lo vea es que está más muerto que alguno de los zombies que pueblan mis relatos.

¿Qué próximos proyectos te esperan?

El proyecto más cercano es el estreno este mes de una pequeña obra de teatro escrita por mi y dirigida por Sonia Sebastián titulada SOPA DE COLBRÍ, basada en una parte de El maleficio de la duda. Se estrena el 24 en la sala de microteatro POR DINERO, una de las propuestas más originales y con más magia que existen en el barrio de Malasaña. Y lo mejor de todo es que está protagonizada por Celia Freijeiro, mi actriz favorita. Espero encontrarme con todos vosotros allí!



martes, 18 de enero de 2011

SOY MALA

Antes de que alguien se me tire al cuello, quiero aclarar un detalle sobre el título de este blog que hoy nos ocupa. Se trata del famoso uso o desuso del femenino para referirse a un sujeto (o masa) de origen masculino. Los gays y heterosexuales que solemos pasar buena parte del día dentro de un entorno homosexual, no utilizamos el femenino porque seamos más ni menos maricas. Paso a explicarme. En muchas ocasiones, al referirnos a alguien en tono jocoso, los seres humanos de, por ejemplo, Chueca y alrededores, cambiamos a A por la O al final de una palabra. No se alarmen ustedes, ciudadanos del mundo. No pasa nada. No entremos en el territorio pantanoso de lo ofensa o del debate de Intereconomía, porque no tiene nada que ver con eso.
Vamos con un claro ejemplo, para que ustedes lo puedan entender. Si yo tengo que llamarte ESTÚPIDO, pero en plan inocente y coloquial, para que me puedas entender puedo poner un JEJE al final de mi mensaje de Facebook del tipo "Eres un estúpido jeje" o, mucho peor, una de esas caritas que hay que mirar de lado y que inducen a las masas a la tortícolis del tipo :)
O de lo contrario (y aquí quería llegar) decirte simplemente: no puedo con tu rollo, ESTÚPIDA, y de esta forma imprimo un carácter distendido y jocoso al insulto, lo que me ahorra que me borres de tu lista de amigos.
Queda claro ¿no?

Bueno, dicho lo de antes, voy a romper una lanza a favor de las malas. Y no me refiero a las malas de verdad, que también las hay, vaya que sí. En mi gimnasio, sin ir más lejos está la Mala Malísima, un sujeto bastante conocido en el barrio. Sólo diré que Sara Palin a su lado es como Heidi, y no pienso nombrarla otra vez porque temo que me caiga una maldición y me atrase el cronómetro del ipod justo en el momento en el que tenga la crema depilatoria en los huevos.

En demasiadas ocasiones, sobre todo cuando era más joven, se me ha colgado la etiqueta de MALA. Y puede que tuviesen razón. Muchas veces he sido bastante mala, lo reconozco. Mala en mis comentarios hacia los demás, en esa práctica de la crítica hacia al otro, de la burla ante ciertas situaciones, del cotilleo en cuanto te das la vuelta.
Un puede quedarse ahí, simplemente con eso. Podéis pensar que cierto tipo de gays (la mayoría, me temo) son seres abyectos y sibilinos, malas pécoras sin remedio, lobilocas aburridas, salidas de tono.
Pero si rascamos un poco más es las pieles resecas de las hienas, nos encontraremos que ser mala puede llegar a cumplir una función. Muchas veces, la maldad en el comentario se establece como simple forma de conjurar situaciones difíciles de tragar, situaciones ante las que una persona normal se santiguaría la caspa y daría media vuelta. Nosotras, las malas, por no salir corriendo, por no tener religión ni ganas de perdernos la vida, nos hemos visto obligadas a solventar con humor dichas situaciones, nos hemos visto en la desagradable tarea de nombrar lo que usted, señor que nos critica, nunca se atrevería a nombrar por pudor pero que nosotras, las malas, que hemos pasado por tanto y nos la han jugado de tantas maneras, no tenemos inconveniente en hacer frente.
Muchas de ustedes, las buenas, son las que, con su punto de vista enrevesado, corrompen esas bromas que las malas aprovechamos para ir saliendo del paso, para reír por no llorar. Que ustedes no se atrevan con la palabra no quiere decir que la situación que tenemos delante sea impronunciable, y las que no le tememos a las palabras cargamos con la fama y con la lana.
Como dijo Alaska en la presentación de mi última novela, la vida da un miedo horroroso. Pues sí. Es verdad, y creo que Olvido hasta se quedó corta.
La vida da mucho miedo, y nosotras, muchas veces, no tenemos más que nuestro afiladísimo cinismo para cortar la pata del jamón, para salir casi indemnes de la situación, para salvar el puto pellejo nuestro y de paso provocar una sonrisa al que tenemos delante.



lunes, 17 de enero de 2011

EL FRACASO DE OPERACIÓN TRIUNFO

Ayer cambié de canal con gran placer a la hora del estreno de la nueva temporada de Operación Triunfo. El día de antes, ante mi estupefacción, pude ver en La Noria a la plasticosa Pilar Rubio (todavía no se puede creer que la hayan cogido para el programa y se le nota muchísimo) echando mano de la lágrima artificial para dar ese nuevo aire al programa que este año han querido otorgarle, en el que se supone que los concursantes pasan a ser la piedra angular del concurso.

Señores, no intenten engañarnos, ya sabemos que esto es un producto para vender, no quieran disfrazarlo de servicio social, de lámpara de Aladino donde los chavales van a refrotarse los sueños, no lo hagan porque cuela tan poco como cuando en un anuncio de un banco o de una cadena televisiva recurren a la manidísima frase de "aquí lo importante eres tú", o "no existiríamos sin ti". Sí, por supuesto que es verdad, ni los bancos existirían sin nuestras quiebras que ellos mismos han provocado ni Fama Revolution sin su incomprensible legión de seguidores, pero eso no significa que a ustedes les importemos un bledo, quizá como audiencia general sí, claro, pero no como individuos como intentan hacernos creer.

Lo de la academia de Ot tiene su especial guasa. ¿Una academia donde se quedan los mejores? Vaya por Dios. ¿Una academia donde se expulsa a los que van quedando atrás, a los que más necesitarían las clases?

La academia de Telecino es un claro ejemplo de lo que podría pasar en un relato futurista con una educación mega-privatizada. Llegaremos al cole y una poseída Pilar Rubio nos ecañonará con un foco para sacar lo mejor de nosotros mismos, para que SEAMOS COMO ELLOS QUIEREN con la excusa más vieja de la manipulación, esa que se disfraza de servicio al ciudadano, esa que no deja de repetir que lo más importante es sacar nuestra forma de ser genuina, porque lo importante eres tú, porque aquí estamos por ti, aunque luego, si no das juego, ale, a la puta calle.

Y tú, Pilar Rubio, a ti no te digo nada mas. Pero como resulte que cuando vaya a ponerme botox me digan que no quedan existencias en Madrid por tu culpa, entonces tú y yo vamos a tener un serio problema.
Hasta ahí podíamos llegar.


domingo, 16 de enero de 2011

Mi última novela, El maleficio de la duda, tenía un pequeño prólogo. Sucede con demasiada frecuencia que los manuscritos originales de un libro no llegan al público de la manera que se idearon originalmente. Los autores nos vemos en la obligación de corregir, de meter tijera, y muchas veces hasta de prescindir de prólogos. En este caso, tuve miedo de que cierto tipo de público no pasase de la primera página al leer algo en cierta forma enrevesado o, más preocupante aun, algo que no representase el tono y el carácter de lo que vendría a continuación.
Este pequeño prólogo, inspirado en la estructura de libros como EL HOMBRE QUE SE ENAMORÓ DE LA LUNA, adelanta cosas que sucederán más adelante en la novela, algunas de bastante relevancia. Aun así, no destripa el argumento, pues encontrándonos tan al inicio de la narración, es de suponer que el lector no podrá recordar en los siguientes días de lectura detalles importantes cómo la forma de morir de la bisabuela Gertrudis o el papel relevante de Claudia, madre de Bastian, a la hora de poner fin a la maldición de la laguna de las dos Patas. Este prólogo trataba, simplemente, de crear expectación sobre cosas que sucederían a lo largo del relato y, de paso, tocar el tema principal de la novela, o sea, la memoria.
El otro día, hablando con Elvira Lindo, me confesó, sin ir más lejos, que había tenido que cercenar cincuenta páginas (creo que un total de dos capítulos) de su última y fantástica novela LO QUE ME QUEDA POR VIVIR.

Ahí va el prólogo, por lo tanto, para quien pueda interesarle.



EL MALEFICIO DE LA DUDA

Todas las historias incompletas, por pequeñas o grandes que sean, absolutamente todas las historias inacabadas buscan una cosa: encontrar su final.

Todas las historias incompletas subsisten como parásitos en las mentes de las personas buscando un final, buscando cerrar el círculo, decir adiós, desaparecer.

Están las historias largas, las que vienen de años y tienden a repetirse en sucesivas generaciones, como la de la abuela Gertrudis, que acabó flotando en la laguna con el estómago tan lleno de plomo que su cadáver apenas aguantó unos segundos antes de ser arrastrado hacia el fondo del agua.

O como la historia de Claudia, la madre de Bastian, esa mujer que, poco antes de desaparecer, vieron arrastrando por los lindes de la laguna aquel objeto misterioso que había truncado la infancia de tres niños felices, la vida de casi todos los habitantes de la laguna de las Dos Patas. Claudia también acabó flotando. Como si ese fuese el destino de la familia: flotar. Permanecer en un punto suspendida hasta que alguien completase la historia y fuese un paso más allá para poner punto y final, dando por concluido así el maleficio.

Punto y final. Ninguna historia incompleta descansa hasta buscar el suyo.

Son esas miradas ansiosas que se cruzan en la calle. Que buscan.

Quién sabe. Puede que anhelen concluir una historia de amor que viene de mucho tiempo atrás, que no descansará hasta ver materializado su final.

Las historias incompletas ansían completarse de la misma forma que los vivos reclaman a sus muertos para enterrarlos, con la misma desconsolada ferocidad sobreviven de generación en generación con cadáveres manoseados que discurren de mano en mano.

Y están las otras historias, las más pequeñas, las que rondan la mente de las personas. El recibo que no se pagó, el viaje postergado, el oscuro sótano al que cualquier día hay que bajar venciendo por fin la pereza.

Las historias incompletas, sean grandes o pequeñas, se alimentan de tu tiempo hasta dejarte seco, dijo alguien una vez.

Fue un a conversación entre dos amigos, una de esas conversaciones en la que se dicen muchas cosas. Fue una frase dicha sin pensar, como ocurre con muchas ideas reveladoras. Ninguno de los dos amigos prestó demasiada importancia a lo dicho, ni el que lo dijo por casualidad ni el que estaba escuchando y asintió de forma tajante con la cabeza. La gente asiente con la cabeza por todo, pero en el fondo solo están apurando el turno del otro para hablar.

Fue una frase que no quedó registrada en ninguna parte. Nadie tomó apuntes de ella, nadie la memorizó, ni siquiera duró cinco segundos en la memoria de los dos amigos que conversaban.

Era una oración en medio de una conversación en la que se habla de muchas cosas, y una pequeña oración en medio de un mar de palabras está condenada a desaparecer lo mismo que una gota de agua en la tormenta.

Es más: si todo lo anterior estuviese escrito y si, además, alguien se encontrase en estos momentos leyéndolo, casi seguro que a estas alturas el lector ni siquiera recordaría la maldita frase, y tendría que rebuscar en el texto para volver a leerla.




jueves, 13 de enero de 2011

VIVIR EN MADRID

Hay un comentario que suele despertarme especial grima. De pronto te encuentras a Fulanito por la calle y te dice aquello de que está quemado de Madrid, de que hace tiempo que Madrid no le aporta nada, que tal y Pascual.
En mi modesta opinión, no creo que nadie sea capaz de quemarse de una ciudad. ¿Quemarse de una ciudad? ¿Qué coño es eso? Casi siempre nos quemamos de un pequeño círculo en el que nos encerramos o, en definitiva, nos quemamos de nosotros mismos. Y si esto pasa, lamento decirte, querido Fulanito, que la desgracia irá contigo a la ciudad que tú vayas, tu patria serán tus zapatos, como en aquella canción de El último de la fila.
En un momento dado de mi vida se me planteó la típica pataleta de hasta qué punto podría yo "realizarme" embutido en una gran ciudad como pueda ser la Capital de España, con sus vías abarrotadas y sus ritmos frenéticos. Y más para una persona como yo, con ciertas miras espirituales como metas en la vida.
Pues bien, ahora sé que sería muy fácil "iluminarse" dejándolo todo y encerrándose en un monasterio del Tibet donde no existiese ningún ruido que nos distrayese, donde no existiese ninguna tentación para los sentidos ni nada contra lo que enfrentarse y luchar.
El verdadero reto, la verdadera alternativa, es alcanzar un poco de paz viviendo en un lugar como Madrid. Joder, vaya que sí. Creo que, una vez consigues eso, no habrá sitio del mundo donde no puedas estar tranquilo.
El auténtico reto es alcanzar a sentirte libre en una ciudad que no te lo pone fácil, en un lugar ciertamente opresivo donde todo el mundo corre casi sin mirarse a la cara. Las ciudades son auténticas escuelas de aprendizaje, y si le pones empeño puede que al final aprendas a llevar tu llama bien recta a pesar de los huracanes. Aunque, caro, el peligro de un espantoso viaje a los infiernos siempre está ahí, como forma indisoluble del proceso.
Es aquí donde se practica y se demuestra nuestro valor, quedándonos para aprender cada día, sin renunciar a la gente que queremos, realizando la difícil tarea de cuidar de nuestros amigos, a nuestra familia.
La ciudad es un Master de aprendizaje para los que sabemos que este gentío apiñado es mucho más que un medio para conseguir dinero y relevancia social, diversión descabezada o fama.
En Madrid, como en cualquier otra ciudad, se cuece por debajo un caldo de cultivo ideal para desarrollar nuestros valores más importantes.
La cuestión vuelve a ser la de siempre: quedarse con lo superficial o rascar un poquito más en el asfalto para ver qué hay debajo.
Allá tu.

Dedicado a mi amigo Manu, que en su búsqueda jamás se conforma con lo superficial. ¡Esa es la actitud, Manu! ;)



viernes, 7 de enero de 2011

Adiós al KOLABORA!




Hoy echa el cierre el restaurante Kolabora! del que, como sabéis, era socio.
Termina así una andadura de diez años, con nuestros más y nuestros menos. Que el barrio de Chueca ya no es lo que era, por lo menos desde el punto de vista empresarial, es una realidad innegable, y si no que se lo digan a servidor. En los primeros meses de cambios, hace ya casi tres años, cuando se empezó a hablar de la famosa crisis, la facturación bajó a una tercera parte.
Cuando abrimos, hace diez años, Chueca comenzaba su época dorada con pequeños empresarios como nosotros, y parecía el único rincón de la capital con locales genuinos, es decir, que las grandes cadenas y grandes franquicias que hoy tienden a linealizarlo todo aun no habían desembarcado en esta zona tan emblemática y tan peculiar de Madrid.
Hoy en día, en Chueca prima el botellón y el negocio de los chinos y esto, unido a la crisis, ha hecho que, en este último año, hayamos visto cambiar el nombre a casi todos los lugares de nuestra calle exceptuando, como decía antes, las grandes cadenas (sí, sí, el BAZAAR también es una franquicia de un grupo catalán de hostelería que no repite nombre en sus establecimientos como estrategia comercial, y no quiero decir con esto que sea nada malo, a mi siempre me ha gustado mucho este garito que permanece abarrotado las mismas horas que permanece abierto).
Da la sensación que ahora, los comercios con encanto están afianzándose en el barrio de Malasaña, una zona que, cuando abrimos el Kolabora!, estaba repleta de locales vacíos y más baratos, locales por los que nadie apostaba pues Chueca era entonces el sitio de moda. Esperemos que los de Malasaña tomen nota y este barrio tan auténtico no acabe en manos del grupo V.I.P.S contra el que, vuelvo a decir, tampoco tengo nada, pues uno de mis lugares favoritos para comer es el Vips de Gran Vía, cuya historia se ha desarrollado paralela a mi vida, a mis enamoramientos, a mis fracasos, a mis cines de domingos y a mis meriendas de tortitas con nata.

No me voy con ninguna pena (la pena fue el bajón, hace tres años, ahora me despido con alivio) pues tengo por costumbre aplicar la máxima en mi vida de nostalgia cero con las cosas que van quedando atrás. El presente se merece, como poco, que lo honremos de esa manera.
Eso sí, hay algo de añoranza por tan buenos momentos y sobre todo por tanta gente que ha pasado por allí en estos diez años, algunos de los cuales ya ni siquiera están entre nosotros. O por la parejita esa que el otro día me dijo que se conocieron hace ocho años en el restaurante, y que cada año, para el aniversario, reservaban la misma mesa y comían el mismo postre. Cuanta gente se habrá conocido, se habrá enamorado, se habrá colocado, se habrá peleado en nuestras mesas, como en aquel tango CAFETIN DE BUENOS AIRES, las anécdotas y los recuerdos son tantos que no daría con mil blogs para recrearlos.
Al final, incluso tuvimos que sufrir la espantada cobarde de uno de nuestros miembros de la sociedad, así, de un día para otro, sin dar la mínima explicación.
En fin. Para todos los que lo disfrutasteis, para todos los amigos, para todos los que no podían vivir sin nuestros postres o sin nuestras pizzas, va dedicado este blog.
A todo corresponde un ciclo, y pretender aferrarse a las cosas que concluyen no hacen si no crear situaciones de artificialidad y, finalmente, de dolor. Para que las cosas nuevas puedan llegar, siempre es necesario saber decir ADIOS a tiempo.
HASTA SIEMPRE KOLABORA!

lunes, 3 de enero de 2011

LA ALEGRÍA

Cada vez soporto menos el bullicio de la celebración. Estoy hablando de las fiestas, claro, de las que son ahora y de todas las demás. Cada vez tengo más alergia a la espuma, al cotillón inflamable, al griterío histérico y a la aglomeración de la gente rebotando unos contra otros como una pesadilla de ping pong. No me siento parte de la forma de celebración del griterío, la borrachera, la sobredosis de compra y el ataque epiléptico de luces. Puede que me esté haciendo demasiado mayor, pero no comparto la falsa euforia como forma de alegría. El desahogo como diversión implica la tácita aceptación de vivir una vida de ahogo.
Mi alegría es mucho más cotidiana, mi celebración sucede en momentos del día cuando soy consciente de mi salud (antes sólo me acordaba de ella y la extrañaba al estar enfermo), cuando festejo el café de las mañanas y brotan los gérmenes de mis blogs o de mis próximas novelas, o los inesperados rayos de luz robados al invierno al girar una esquina, el tacto de mi perrita Ofelia, que ya ha comenzado a despedirse del mundo y se va yendo con una sabiduría innata, sin peleas, aceptando y rindiéndose a sus últimos años con paz y tranquilidad.
Creo que la alegría, la alegría de verdad, brota de dentro y no tiene nada que ver con las navidades ni con el orgullo gay.
Otra cosa es la felicidad, esa que siempre nos empeñamos en provocar y que tan poco dura y que tan poca huella deja.

domingo, 2 de enero de 2011

Los chaperos de la puerta del Sol

Esta semana he releído la novel LOS NOVIOS BÚLGAROS del genial Mendicutti.
En estos días navideños, divagando mis pasos por la puerta del Sol, me ha dado la sensación de que aquellas típicas lobilocas de la novela ya casi no se ven. Para el que todavía no haya leído el relato de Eduardo, le explico que las lobilocas a las que hago mención son aquellos señores mayores, en su mayoría con peluquín, que poblaban antaño el kilómetro cero de Madrid siempre perseguidos de una nube de jovencitos búlgaros o brasileños desempeñantes del oficio más antiguo del mundo.
Hoy he escrito a Eduardo Mendicutti, expresándole mi preocupación al no encontrar en la puerta del Sol casi ninguno de estos seres entrañables que, hasta hace poco, constituían una pieza fundamental en el delicado equilibrio del ecosistema de la zona centro.
Pudiera ser que estas lobas, al igual que el lobo ibérico, estén amenazados por algún tipo de peligro externo, o también puede se estén quedando obsoletas dentro de su obsoletismo o, simplemente, no tengan nuevas generaciones que perpetúen su especie. Quién sabe, a lo mejor las descargas ilegales también hayan puesto en peligro su supervivencia, digo yo, que ahora entre la crisis y con toda la pornografía en internet al alcance de nuestra mano nos quedamos mucho más tiempo en casa cascándonosla, de eso no hay ninguna duda.
Aunque, bien pensado, no creo que esta sea la razón por la que tales dignísimos y entrañables señores sean, como el buitre leonado, cada vez más difíciles de avistar. La razón de su pulular constante por la puerta del Sol tenía bastante que ver con la estrecha relación con los de su especie, con las disputas constantes que tan bien reflejadas aparecen en LOS NOVIOS BÚLGAROS. Al fin y al cabo, para los señores que se reúnen cada tarde en el club del jubilado, el dominó no es más que una excusa para la relación entre iguales, y de igual forma, en parte, creo yo que sucedía con las lobilocas y los chaperos.

Por alguna razón siempre he pensado que la supervivencia de estos señores estaba íntimamente relacionada con esos macetones que hacían de base a los raquíticos madroños en los que solían apoyarse, y que ya no existen gracias a esta manía de Gallardón por convertir los lugares públicos en espantosas superficies planas en las cuales montar sus rentables ferias que, al final, lo único que consiguen es que los madrileños no tengamos un sólo banco donde sentarnos, un solo parque donde pasear a nuestros perros o donde, simplemente, relacionarnos entre vecinos.
Desaparece el último resquicio del arbusto más representativo de Madrid al tiempo que desaparece la fauna que dependía de ellos para su supervivencia.
Hay que joderse.