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miércoles, 22 de diciembre de 2010

FALETE

El otro día mi hermana de feisbuqueó un vídeo de una canción preciosa de Falete.
Qué quieres que te diga, por mucha buena voz que tenga (la canción es impresionante), por muy bien que la interprete, a mi no se me quita de la cabeza todo lo que sé del famosillo cantante, toda esa montaña de basura televisiva con novios que se autosecuestran y madres que graban vídeos porno de su hijo con otro tío.
Vamos, que por mucho que quería yo meter en la canción, por mucho que intentara yo excretar esa agüilla que la emoción a veces forma en mis ojos y que, últimamente, para que lo voy a negar, casi nunca aparece, por mucho que lo intentase, todo lo que sé de este señor pesa más que mis ganas de emocionarme, y me pregunto ¿qué coño pasa aquí?
Pues lo que pasa aquí es lo que ya sabemos todos de sobra pero que nuestro cuerpo no acaba de comprender.
Sí: hay miradas tremendamente interesantes, miradas que nos arroban y hacen tambalear nuestros cimientos de pura profundidad, pero al poco que escarbamos en la persona nos damos cuenta de que detrás de ellas no había nada, o, por lo menos, no tanto como aquella mirada parecía transparentar. La explicación al misterio es que la belleza se nos había cruzado por el medio (unos ojos tremendamente bellos enmarcados en una cara perfecta), y cuando la belleza se cruza por el medio... ¡cuesta tanto dejar de atribuir a lo que estamos viendo una base sólida, una especie de misterio implícito, una cualidad innata a dicho sujeto que, muchas veces, por no tener no tiene ni fundamento.
Con las voces pasa exactamente lo mismo. Una voz espectacular, una voz llena de sentimiento, una voz bella puede ocultar detrás de sí misma más bien poco, y dar a entender al mismo tiempo una relevancia, una exquisitez, un arco iris de profundas vivencias que, desgraciadamente me temo, como es el caso de Falete, todavía le quedan dos telediarios y un par de Documentos TV para que se produzcan.
Viendo a este señor rechoncho cantarle al amor, uno no sabe si le canta al que se autosecuestra o al que finge ser gay para salir en La Noria.
En cualquiera de los dos casos, Falete, hija, o nos enseñas otra vida (o no nos enseñas nada, que para el caso también hubiese quedado bien para mantener el misterio) o me parece que me va costar emocionarme con tu voz, si cada vez que le cantas al amor me imagino a tu madre (que es como tu hermana gemela) subida a la Noria y con tu video porno para demostrar.... ¿qué quería demostrar esta mujer?
La verdad es que ya ni me acuerdo....




martes, 14 de diciembre de 2010

Principio de la novela EL MALEFICIO DE LA DUDA


Aquí te dejo el principio de EL MALEFICIO DE LA DUDA para que puedas comenzar a leerla en tu ordenador o iphone. Puedes encontrar la novela en todas las librerías y a precio "de bolsillo".




UNO

1.

Bastian volvió a mirar hacia la bañera aguantando el aliento. Luego cabeceó hacia un lado y sus ojos perdieron el equilibrio intentando enfocar un poco más allá de donde le permitía la vista. ¿Qué podía ser aquella cosa que se asomaba por el maldito sumidero, aquella cosa negra que llamaba su atención de una forma tan poderosa, casi hipnótica?

Llevaba al menos media hora tumbado en el suelo del servicio, abrazado a la fría loza del water sin saber a ciencia cierta cómo había ido a parar allí. Sin pretender molestarse siquiera en averiguarlo. El por qué era lo de menos. Las razones de las cosas, de un tiempo a esta parte, habían pasado a importar bastante poco.

En un esfuerzo por incorporarse, Bastian dejó volar su imaginación por el pasillo de su apartamento hasta llegar a la pequeña cocina americana situada en una esquina del salón.

Su imaginación: un pequeño pajarillo, la imaginación de un pez en una bola redonda de cristal. Nadie hubiera dicho ahora que aquel ave raquítica de frágiles huesecillos había sido capaz de inspirar la escritura de dos novelas robustas de cuatrocientas y pico páginas, dos novelas de pastas gruesas que encabezaban la lista de las más vendidas del pasado año, de ésas que en los centros comerciales tienen su propio stand de cartón, su mecanismo de lamparillas centelleantes de feria, la foto gigante del autor, en fin, todo un derroche de medios.

Bastian imaginó la cocina americana de su apartamento como si hubiese sido él quien acabase de entrar allí, la columna pintada de rojo fucsia con el póster de la Mala Rodríguez en el que había garabateado un enorme corazón de rotulador, la pared junto a la nevera donde, clavado con una chincheta, estaba aquel folio en blanco (aquel maldito folio) con doce marcas hechas a lápiz y trazadas con pulso de preso. Representaban doce días. El tiempo exacto que el escritor llevaba sin probar la maldita cocaína.

Sintió que las paredes del baño se inclinaban sobre su cabeza, se cerraban en bóveda y se volvían a abrir, duplicando de pronto la superficie del techo. Desvió de nuevo su mirada hacia la bañera (¿era su imaginación o la mandíbula se deslizaba a la misma velocidad de la cabeza, como si estuviese anclada sobre muelles hidráulicos?), en concreto hacia el sumidero, el lugar donde sobresalía esa cosa negra, tan inquietante como imposible de enfocar. Las piernas le fallaron, las malditas piernas haciendo de las suyas, y aterrizó de bruces sobre la taza del water, donde permaneció inmóvil.

Bendito frío el de la loza, una de las pocas cosas que continuaba fría en el apartamento por culpa del calor sofocante de finales de agosto. Apoyó la cabeza sobre la tapa donde podía leerse VITRA en una tipografía temblorosa y danzante, y condujo los dedos hacia la parte inferior de la taza de diseño, allí donde se acumulaban restos blandos de pelusas y montañitas de polvo.

Mejor olvidarse de momento de la bañera (¿qué podía ser esa extraña cosa negra…?) y detenerse unos segundos allí, arrullado por el sonido lejano de cañerías que ascendía como una digestión pesada y metálica desde las entrañas del edificio, y más abajo, desde las atestadas alcantarillas de la ciudad. Pegó con fuerza el oído a la cerámica a modo de ventosa y dejó que los ruidos del subsuelo de Madrid penetrasen por las yemas de sus dedos, por los doloridos antebrazos, por la columna vertebral, por la médula pulposa y blanda de los huesos hasta descargarse, ya amortiguado, en la parte más visceral del estómago, en ese sitio donde últimamente parecía ir a impactar todo.

Entonces ocurrió algo extraño y salvaje, casi bello. En el intervalo de unos segundos, una paz infantil, áspera como un parásito (como la frenética lengua de un gato) conectó las entrañas de Madrid con sus propias entrañas. Bastian apretó las abdominales, contrajo los músculos, convirtiéndolo su cuerpo en un simple y escalofriante paquete de vísceras. Fue un alivio inesperado, una especie de ensoñación de la que despertó todavía más cansado, como si todo el peso de la maldita ciudad se le hubiese echado encima.

Levantó la tapa del water con gran esfuerzo.

Dios, qué asco…, pensó.

Menuda visión. Una alfombra de espuma amarillenta y compacta flotaba sobre la superficie del agua. Parecía la contaminación jabonosa de un río, aunque Bastian sabía de sobra que aquella inmundicia no provenía de los residuos de ninguna fábrica nuclear sino de sus propios riñones. La causa estaba más que clara: algo dentro de su cuerpo se negaba a funcionar como era debido sin la oportuna dosis diaria de coca.

El biorritmo de la cocaína, menuda cagada: un día malo y dos peor. Te hacía esperar el malo con optimismo, y rezar para que nunca llegasen los otros dos. El hígado se había vuelto cavernoso y duro, como de piedra pómez; el corazón se había acostumbrado a latir siempre motivado por la misma jodida cosa. Riñones, hígado, corazón; todos esos órganos con sus diminutas naricitas abriéndose, cerrándose, como pequeñas branquias pidiendo desesperadamente la droga, diciendo aquí estamos, Bastian, no te habrás olvidado de nosotros ¿verdaaad?

Lo peor va a ser el primer mes. Eso le había dicho José Carlos Merchán, su fantástico terapeuta, pocas semanas antes. Siendo sincero, en aquel momento a Bastian no le había parecido demasiado complicado todo aquel asunto de la desintoxicación. Claro que entonces estaba con el culo bien acomodado en el sofá blanco de cuero de aquella clínica para niños ricos, con un tufo penetrante de paredes recién pintadas flotando en el ambiente, las plantas suavemente mecidas por los vaporizadores y las máquinas de aire acondicionado. Todos aquellos factores parecían confabularse a la perfección en un microclima que otorgaba a la estancia el mismo aire sagrado y litúrgico del interior de una tienda cara de la calle Serrano donde, por cierto, también se encontraba la clínica.

Su terapeuta se había aflojado el nudo de la corbata (ahora lo recordaba con una claridad plástica, casi más intensa que la realidad del cuarto de baño) y le había mirado de aquella forma que miraba él, inclinando la cabeza hacia atrás, marcando los tendones del cuello, como si ya desde el principio supiera como iba a acabar aquella historia y, divertido, estuviese haciendo apuestas consigo mismo para comprobar hasta qué punto estaba esta vez en lo cierto.

Acto seguido José Carlos Merchán (los primeros días era imposible no pensar el él así, con sus dos nombres y apellido, perfilándose en tu mente con las letras doradas que rotulaban a la puerta de su despacho) había abierto un cajón para sacar de ahí varias cajitas de medicamentos que fue colocando sobre la mesa con el ímpetu de unas fichas en plena partida de dominó:

- Aquí tenemos a Don Xeroprusín, un antidepresivo para trastornos obsesivos compulsivos que va a venirnos de perlas para bajar la ansiedad durante el síndrome de abstinencia. - dijo con una sonrisa ladeada que dejaba entrever un blanquísimo colmillo.

También Benzoplus, un ansiolítico potente que iría estupendamente en los momentos más difíciles y bla, bla, bla. Y para rematar, otra droga que el terapeuta denominó inhibidor de deseo, un nombre bastante simpático dadas las circunstancias, pensó Bastian entonces.

Una cajita amarilla, una verde y una roja. Hagan sus apuestas. Las cartas estaban echadas y las fichas sobre la mesa. El semáforo mágico, el semáforo de la suerte, se atrevió a bromear el especialista.

Bastian extrajo uno a uno los prospectos, aunque bien sabía que no tenía demasiadas intenciones de leerlos. ¿De verdad meterse todo aquello en el cuerpo iba a resultar menos perjudicial que un poquito de cocaína?

La robusta mesa de madera no tardó en verse invadida por un absurdo cortejo de pajaritas deformes de papel con posologías, advertencias y contraindicaciones de todo tipo. Al leer los efectos secundarios sólo podías llegar a pensar una cosa: mejor no plantearse cuáles podían ser los primarios.

- Un mes, Bastian. Dame un mes. ¡Date un mes, chaval! Concédete ese fantástico regalito. Haz todo lo que yo te diga a rajatabla y saldremos de ésta, te lo aseguro. Lo peor va a ser el primer mes. Después…

El escritor colocó las cajas sobre la mesa dando forma a una castillo detrás de cuyas murallas se parapetó antes de lanzar la siguiente mirada perspicaz:

- Vale. Un mes. Y después de ese mes ¿qué va a pasar, José Carlos? ¿De verdad van a volver a ser las cosas… como eran antes?

José Carlos sonrió desde su puesto privilegiado, sentado de lado sobre la mesa de la consulta, jugueteando con el mando a distancia del aire, buscando ganar algo de tiempo. Creía adivinar a lo que Bastian se estaba refiriendo al decir "como antes", pero su prudencia profesional modulada por su escepticismo nato le impedía ser demasiado optimista en un caso tan delicado como éste.

- Eso depende de ti, Bastian. Doy por sentado que sí, que en algún momento volverás a escribir, si es a eso a lo que te refieres.

Claro que sí. Era eso a lo que se refería. Por supuesto que era eso. Bastian llevaba semanas sin escribir ni una sola maldita página. El tiempo se le echaba encima y la tercera novela, la que venía por contrato a completar la trilogía que exigía la editorial, estaba aún en pañales. En los últimos días su mente había ido quedándose en blanco y eso era (¿cómo decirlo de una forma suave?), pues eso era una grandísima putada, la verdad.

José Carlos le mantuvo una mirada silenciosa y desafiante. Uno llega siempre a este tipo de centros con la idea de que el especialista va a hacerse cargo de todo, y entonces llega el fatídico momento que alguien te mantiene una mirada silenciosa y desafiante mientras juguetea con el mando a distancia de su FUJITSU último modelo, y justo en este punto debes comenzar a asumir que eres tú mismo quien va a tener que cargar con el trabajo pesado.

José Carlos era especialista en drogodependencias y estaba más que acostumbrado a este protocolo de desilusiones y asperezas. Llevaba años lidiando con todo tipo de situaciones, tratando incluso con pacientes con lesiones neuronales severas, personas que poco a poco se van alejando hasta quedar varadas en lo que él denominaba en el argot secreto de su pensamiento La otra orilla. Y llegado ese punto, sintiéndolo mucho, poco se podía hacer. La decisión de dejar atrás las adicciones acababa convirtiéndose en una guerra sin cuartel, un trabajo que por lo general habría de acompañarte el resto de tu vida con momentos buenos y épocas de impredecibles y fatales recaídas.

Pero el de Bastian parecía ser un caso algo singular.

Todos los casos lo eran, todos poseían una sutil y jodida diferencia, y llegar a reconocerla, a encontrar su particular caballo de Troya, a pincharla con un alfiler en el tapete de terciopelo como un insecto sin catalogar, podía atajar sustancialmente el camino de vuelta a casa (de vuelta a la vida), podía, de hecho, colocarte en clara ventaja con los demás especialistas de la capital y elevar el precio de tu consulta por encima de los cien euros la hora.

Quizá a primera vista Bastian fuese sólo lo que aparentaba ser: un cocainómano más engrosando la estadística del ministerio de Sanidad y Consumo, un cocainómano con una media de consumo de seis gramos diarios (cantidad que podía duplicarse en los fines de semana), una cantidad que Araceli Martínez, su profesora en el Instituto para el estudio de las adicciones de Lugo, hubiera calificado con el parámetro de M.H.C o, lo que es lo mismo, con la Mierda Hasta el Cuello. Completamente asfixiado. Aguantando la cabeza debajo del agua y haciendo snorkel con el turulo, ese utensilio tan práctico que consistía en un billete de cincuenta euros bien enrollado.

Pero José Carlos Merchán poseía un sexto sentido desarrollado en los años de estudios, de prácticas y de profesión, una intuición exquisita a la par que facilona, una especie de diagnóstico secreto que el terapeuta solía establecer de modo inconsciente y que poco tenía que ver con la ortodoxia médica, aunque casi nunca resultaba estar demasiado errado.

No es locura, había escrito en su cuaderno de notas. Joder… ¡es lo contrario de la locura! No sólo no está cruzando a la otra orilla, pareciese que nuestro simpático amigo se estuviese despidiendo para siempre de ella. Es como si algo le estuviera robando la poca fantasía que le queda, dejándolo en un punto indeterminado de desesperada realidad.

¿A qué le recordaba esto último? ¡Claro que sí! ¿No se llamaba igual que su paciente el protagonista de La historia interminable de Michael Ende? Menuda casualidad. El reino de Fantasía volvía a estar en peligro. La Nada avanzaba a toda marcha y nada podía detenerla, pensó el psicólogo procurando en todo momento mantener una expresión neutra.

Bastian lo escrutó sin éxito con la mirada. A lo largo de las sucesivas consultas, el escritor llegaría a la conclusión de que las elucubraciones más profundas y lapidarias del terapeuta eran proporcionales a su grado de inexpresión facial.

- ¿Y dices que después de ese mes volverán a ser las cosas como antes, José Carlos?

Claro que sí, no había por qué echar abajo las esperanzas de Bastian, más cuando el aliciente de escribir podía ser el mejor aliado para su deshabituación. Fantasía volvería a levantarse del último grano de arena, la Emperatriz Infantil tendría un nombre nuevo. Todo volvería a ser cómo antes.

- Puedes estar seguro que sí. Haré todo lo que esté en mi mano para que consigas escribir de nuevo.

Bastian, abrazado a la taza del water, había dejado fluir su imaginación intentando recordar todos los detalles de aquel primer encuentro con su terapeuta en la clínica.

¿Sería capaz en este momento de sentarse y escribir aquella escena como una narración, como el principio de una novela, de su deseada nueva novela?

¿Sería capaz ahora mismo de ir hasta el ordenador y describir la consulta de la calle Serrano, la figura de José Carlos Merchán sentado sobre la mesa, jugueteando con el mando del aire acondicionado, sus grandes entradas en la cabeza, el pelo largo y ralo que recogía en una coleta fina, la línea delgada de su boca, su nariz recta y sagitaria? ¿Podría inventar frente a la pantalla del ordenador los pensamientos de su terapeuta, su vida íntima de personaje?

Lo dudaba bastante.

Apartó de un manotazo la cortina azulada de plástico de la bañera. Le pareció escuchar el fru-fru y el ruido chirriante de las argollas, allí arriba, muy lejos.

Dios, ¿qué demonios era esa cosa negra y viscosa que sobresalía del desagüe?

Menuda peste había en aquel espacio cerrado del cuarto de baño. Así era el mono de cocaína. O no olías nada o de pronto lo olías todo a la vez. La culpa la tenía el pequeño depósito de plástico, el desinfectante anclado en uno de los lados de la taza, un concentrado de pino que dejaba bien clara al menos una cosa: los señores fabricantes de Pato WC jamás se había planteado que un pino huele bien porque huele poco.

Bastian sonrió con los labios pegados a la tapa de la taza. Menos mal que el humor acudía todavía a su rescate en los momentos más desesperados.

¿Cuántas veces, a lo largo de los últimos dos años, se había encerrado en aquel cuarto de baño, inclinándose en el inodoro VITRA para montarse su pequeña fiesta de cada media hora en forma de rayitas blancas? Su picnic particular, su escalada y fulminante ascenso al Everest nevado.

¿Cuánta cocaína había pasado por aquella tapa del inodoro? ¿Tal vez kilos? Imposible calcularlo. Puede que existiese alguna fórmula matemática tipo

coca x m cuadrado

------------------

tiempo

Una fórmula sobre la que él podría basar su particular tesis de final de carrera.

Con gran esfuerzo consiguió ponerse de pie y sentarse sobre la tapa del water. Que paren el mundo que yo me apeo aquí mismo, alcanzó a gritar dentro de su cabeza. Un ruido metálico le informó que el cilindro de la escobilla acababa de volcarse, derramando un hilo de lejía pútrida que enseguida se diversificó en forma de árbol por las juntas de las baldosas. Intentó respirar hondo, como le había enseñado José Carlos para relajarse y calmar la ansiedad.

La maldita ansiedad. La que te da la droga, la que aparece cuando dejas de drogarte.

Se puso en pie y entornó la puerta del servicio. Daba gusto sentir ese aire renovado que venía del pasillo. Le pareció oír el lejano murmullo del ventilador encendido en el dormitorio y el ruido de la tele en el salón con lo que parecía ser la melodía del avance del telediario.

Sentado en la taza pudo, por fin, observar con más detalle lo que había llamado tanto su atención en los últimos minutos: parecía… sí, era una mancha negra. Una mancha en el desagüe de la bañera, agarrada a la malla metálica del sumidero.

¿Un ratón muerto? ¿Un calcetín extraviado?

Venciendo la repulsión, volvió a arrodillarse en el suelo y, lentamente, llevó su mano hasta el lugar donde asomaba el montículo sospechoso. Así es como lo hacía todo de un tiempo a esta parte: con escrupulosa lentitud. En realidad, tenía la extraña sensación de haber chocado contra la mediana de la autopista después de haber conducido durante años a doscientos sesenta por hora. En fin, puede que éste fuese el transcurrir natural del tiempo para los que nunca han experimentado a diario el vértigo de la cocaína, se repetía a veces.

Se fijó en que una pequeña cantidad de agua permanecía estancada sobre el desagüe. Aquella cosa parecía lo suficientemente grande como para cortar el paso hacia las cañerías.

¿Qué podía ser? Si pudiese al menos enfocar la vista durante unos segundos…

Un ruido lo sobresaltó, y le hizo girar la cabeza hacia la puerta entreabierta.

- Coño, Blanche, es usted.

Su perra Bull-Dog lo miró como siempre, primero con un ojo y luego ladeando la cabezota con el otro, como hacen algunos pájaros. No sería extraño que la perra viera doble y creyese que tenía dos dueños. En cualquier caso, parecía más que evidente que nunca le habían interesado demasiado ni el uno ni el otro. Pero la hora de la comida se estaba retrasando y Blanche venía a reclamar lo que por derecho le correspondía.

Suspiró entrecortadamente, sacudiendo los cuartos traseros y recolocando los omóplatos, al tiempo que desplegaba en el aire una lengua rosada y enorme como un calcetín.

- Ahora voy, señorita Blanche. Sólo un segundo ¿quiere? Ande, váyase a ver que tal van sus cachorros. Seguro que andarán por ahí buscándola.

La perra no se movió del sitio. Con un gesto torpe separó sus cortas patas delanteras hacia los lados y se desmoronó sobre el parquet.

- Como usted quiera, Blanche.

Bastian volvió a concentrarse en la bañera. Con cautela, acercó su ralentizada mano al sumidero y pellizcó la sustancia viscosa del desagüe entre el dedo índice y el pulgar.

Tiró hacia arriba, intentando echar un pulso contra su propia náusea.

Ante sus ojos comenzó a surgir un gran mechón de pelos negros. Un mechón que parecía no tener fin.

Pero… ¿qué mierda es esto?

Asombrado, comprobó que aquella cosa debía tener al menos unos treinta centímetros de largo. Algunas puntas estaban enganchadas a la pequeña rejilla o puede que enredadas en las tuberías. Tuvo que tirar con fuerza para acabar de extraerlo. Varios cabellos se partieron con un ruido crujiente y gomoso.

Menuda asquerosidad. ¿De dónde había salido aquella cosa?

No era su pelo, de eso estaba seguro. El pelo de Bastian era corto y rizado. Nadie salvo él había utilizado aquella ducha durante las últimas semanas. Gina, su antigua novia, hacía tiempo que no se dejaba caer por la casa. Incluso entonces su aseo personal se limitaba a puntuales chapoteos en el bidet mientras jugaba a la Nintendo con la mano que le quedaba libre. Además, Gina no tenía el pelo tan largo, y era rubia.

Con cautela, el escritor agitó el colgajo que tenía entre los dedos. Varias gotitas de agua sucia se desprendieron de las puntas rizadas y rotas. Se fijó que, hacia la mitad, el mechón de pelos retenía una sustancia gris viscosa con restos de mugre y de jabón, algo así como una enorme legaña de elefante. Pero lo peor de todo era el olor, ese tufo que estaba empezando a apoderarse del cuarto de baño. Era la peste dulce de un bosque, un mal aliento disimulado con gominolas de frutas.

Bastian intentó sobreponerse al tiempo que arrojaba aquella cosa inexplicable al retrete, con la misma energía con que se hubiese deshecho de una enorme sanguijuela adherida a su mano. Pero su puntería falló. El nódulo central del amasijo fue a parar al agua, pero algunas puntas quedaron colgando por el exterior de la taza.

Venciendo de nuevo el asco, Bastian tiró del mechón al tiempo que descargaba la cisterna, con tan mala pata que algunos pelos se enredaron en el depósito del desinfectante anclado en el borde. No es necesario decir que la corriente del agua no consiguió arrastrarlo.

Parecía un molusco inteligente, un pequeño pulpo aferrándose con ahínco a donde fuese con tal de evitar que el remolino de agua lo engullera. Santo Dios ¡esa cosa parecía tener vida propia!

Está bien, chaval. Piensa. Piensa que harías tú mismo en esta situación si en estos momentos fueses tú mismo...

Bastian se puso en pie a duras penas. Las paredes oscilaron otra vez, flamearon y luego volvieron a quedarse quietas. Contó los segundos sintiendo el ruido del agua que llenaba de nuevo la cisterna, el gorgoteo grave del liquido volviéndose más agudo según el recipiente se completaba. Aquellos instantes le parecieron eternos. Segundos que parecían años. Toda la vida de un cocainómano cabría en el intervalo de tiempo que transcurre desde que comienza a llenarse una maldita cisterna hasta el momento en que está completa. De pronto, el sonido del agua se detuvo y entonces Bastian actuó sin vacilaciones. Descolgó el desinfectante y lo dejó caer al retrete al tiempo que apretaba el botón de la cisterna, esta vez rezando para que el pequeño depósito no quedase atorado en la garganta de la taza.

Un nuevo remolino cantarín engulló en pocos segundos la maraña de pelos junto con el Pato WC, que se perdió de vista después de dar dos, tres, cuatro vueltas.

Bastian suspiró, aliviado.

Tranquilízate, hombre, no hay que ponerse nervioso, se dijo mientras esquivaba a Blanche, todavía tumbada en mitad del pasillo.

Lo que viste no era más que un montón de jodida mugre agarrado a unos hilos.

Claro que sí. Eso había sido: un trozo de toalla vieja.

Había otras cosas mucho más importantes de las que preocuparse.





domingo, 12 de diciembre de 2010

LA FOTO DE MARÍA


María es colombiana y trabaja en un restaurante de Chueca. Dice que se ha leído en su vida muy pocos libros, por eso me hace mucha ilusión cuando me cuenta hasta qué punto se le ha enganchado EL MALEFICIO DE LA DUDA.
De todas las cosas chulas que me dicen en estos meses, María me ha dicho hoy la más bonita de todas. Resulta que María se baja siempre en el Metro de Chueca para acudir al trabajo y, ayer, cuando iba pal tajo, se pasó tres estaciones por culpa de estar enfrascada en la lectura.
María es muy original: ella no se conforma con pasarse tres pueblos, además se pasa tres estaciones por acompañar a Bastian en su road movie hacia cierta laguna de Segovia en cuyas profundidades se esconde un gelatinoso y escalofriante secreto. Joder, qué bien me vendo ¿verdad? Si el que lee esto no corre a la librería más cercana a pillar EL MALEFICIO DE LA DUDA que comience a preocuparse: quizá esté más muerto que muchos de los zombies que aparecen en mis relatos favoritos.
Como puede apreciarse, además, el libro de María está seriamente deteriorado. La portada está rota, arrancada en la parte inferior. La historia del por qué resulta, por decirlo de alguna manera, inquietante. Resulta que María se despertó el otro día después de pasarse toda la tarde en una discoteca de Torrejón a la que acuden cientos de colombianos a bailar salsa. Según me cuenta, el antro se llama MI BELLA y tiene mesitas para sentarse, hay que joderse, dice María, que aquí las discotecas vuestras de los españoles tienes que tomarte las copas de pie y en la barra, y yo me digo a mí mismo, joder, pues tiene razón la tía, si en el OHM hubiese mesitas a lo mejor hasta me animaba a ir más, porque yo soy de los que enseguida apalancan el culo donde puede y se queda quieto y saludando a los que pasan en vez de ir como un gilipollas de arriba abajo por toda la sala.
En fin, que María se despierta y de pronto ve que el libro está literalmente destrozado. Y ella, que es supersticiosa, piensa que los espíritus que habitan en el interior de una novela tan terrorífica, pues eso, que han salido pafuera.

Que no, joder. Que os lo habéis creídooo...
Que las pastas del libro las destrozó la "chandosa" de su perrita, que se llama NIÑA y que tiene menos de un año, es decir, que está en plena edad del pavo del los perros.
A mi me encanta verla leer así, con su libraco destrozado, sin vergüenza por el Metro. Este es un libro vivo, un libro con una historia, un libro que habita en una casa donde la gente se va de fiesta a bailar merengue y cuando vuelve la perra se ha cagado y se ha comido el libro preferido de su dueña. Los perros tienen un sexto sentido para eso, para romperte lo que más te puede joder. Y es que debe ser que, sin saberlo, vamos dejando nuestras feromonas por aquí y por allá, impregnando las cosas con las yemas de los dedos, marcando territorio, clasificando lo que nos gusta y lo que aborrecemos.

Gracias María, por haber elegido EL MALEFICIO DE LA DUDA.

Y buena elección, NIÑA perrita, tú si que sabes!
Por mi parte puedes acabar de devorarte el libro.





jueves, 9 de diciembre de 2010

EL TEMITA DE LOS DESEOS

Hoy, desayunando en EL AGUILA con mi amiga Shirley (la Chirly) del BODY FACTORY, estuvimos hablando de ese viejo cuento de que el universo tarde o temprano siempre tiende a cumplir los deseos que pedimos. Pero, claro, el universo también necesita un poquito de ayuda. Cuenta una leyenda que a un sabio le estaba ardiendo la barba cuando otro sabio pasó por su lado y le dijo: ¡Oye! ¡Está ardiendo tu barba! ¿Por qué no haces nada? A lo que el damnificado contestó: ¿Cómo que no hago nada? Estoy rezando a Dios para que se apague.

Lo dicho, mi amiga la Chirly y yo estamos de acuerdo en que no basta con desear, porque el universo necesita que pongamos un poquito de nuestra parte para que se cumplan las cosas que deseamos.
Mientras Walter nos servía el café y la tostada con mermelada (para ella, mi vigorexia no me permite arrimarme a menos de dos metros de la mantequilla, una orden de alejamiento en toda regla), continuamos hablando de los deseos. Y lo que descubrí esta mañana es que hasta para desear hay que pararse a meditar un poquito. Lo que quiero decir es detenernos a formular nuestro deseo al universo de una forma honesta, o, más claro todavía: saber exactamente qué es lo que deseamos.
Pongamos un ejemplo. El típico ejemplo de esperar el amor de nuestra vida, nuestra media naranja. Bueno, suena bien ¿no? Podemos quedarnos simplemente ahí, esperando el ideal y tan contentos (más bien tan insatisfechos) el resto de nuestra vida. Pero analicemos. ¿Es este realmente nuestro deseo en lo más profundo de nosotros? ¿El del que aparezca el príncipe azul?
Personalmente, meditando un pelín sobre el tema, lo primero que descubrí fue que, en general, confundimos la necesidad de que nos quieran con nuestra necesidad de amar. ¡Toma ya! Este ya se ha puesto místico. Para nada. No hace falta darle muchas vueltas al tema para darse cuenta de que "que nos quieran" no es un sentimiento que parta de nosotros, todo lo contrario a "querer", que sí lo es. Si basamos nuestros esfuerzos en conseguir "que nos amen" siempre estaremos perdidos e insatisfechos. ¿Cuándo estaremos seguros de alguien nos ama? ¿Cuál es el punto exacto en que eso sucede? ¿Cómo lo mantendremos, cómo estaremos seguros de que eso seguirá ahí dentro de unos días, dentro de unas horas? Lo que quiero decir, para que no se me aburran, es que un sentimiento que no parte de nosotros es imposible de controlar.

Y lo peor de todo es que, si pelo otra capa de la cebolla, me doy cuenta de que por lo único que nos interesa estar seguros de que alguien nos quiera es para permitirnos amar a esa persona. Ahí quería llegar. Cuando sabemos que alguien no nos va a fallar, nos cuesta menos entregarnos y de esta forma podemos amar (nuestro objetivo final) con más tranquilidad.
O sea, analicemos. El deseo Quiero que aparezca mi media naranja acaba de trasmutarse, con un poquito de meditación en Quiero amar a alguien.
¡Queremos amar!
Y ahí es cuando llega nuestra tarea. En vez de desear cosas neuróticas como que aparezca un príncipe y nos retire del Telediario, el nuevo deseo, el de amar, es mucho más realizable, y el universo pone a nuestra disposición innumerables formas de que podamos cumplirlo. Ustedes dirán: claro, como si fuera fácil enamorarse de cualquiera, amar a cualquiera.
Y es aquí donde hay que pelar otra capa de la cebolla para seguir llegando a nuestra verdad, a lo que de verdad deseamos.
Sinceramente, no creo que a ninguno nos haga falta enamorarnos de nadie. No digo que no sea genial cuando pase, ni que no mole esa descarga de sustancias psicoactivas en el cerebro que nos atonta y nos enloquece. Lo que digo es que DAR Y RECIBIR AMOR es muchísimo más amplio que enamorarse, y esas múltiples ramificaciones y variantes están a nuestro alcance en las cosas más pequeñas de cada día.
Si en vez del príncipe, nos damos cuenta de verdad que estamos como locos por dar amor, no nos costará trabajo sentarnos en el banco con ese viejecito que nos recuerda a nuestro padre y que vemos cada tarde para darle un poco de conversación. Si estamos locos por amar, no nos costará cambiar de hábitos e intentar mirar a nuestra familia con otros ojos, saltándonos conductas mal aprendidas que al final nos provocan situaciones tristes con la familia. O descubrir el milagro de nuestras mascotas, como yo esta mañana, cuando me enrollé en el edredón con Diesel y jugamos a ser un organismo unicelular metido dentro de una concha paseando por el fondo del mar. SI deseamos amar, no nos dará tanta pereza querernos a nosotros mismos, aceptar nuestro cuerpo como es, comenzar una dieta y ejercicio que nos ayude a sentirnos bien con nosotros y el entorno o practicar fórmulas de pensamiento positivo. ¡Cuántas cosas nos perdemos! ¡Cuánta frustración por la exigencia del príncipe azul que no aparece, cuando en realidad nuestro deseo interno se podría realizar de una forma tan fácil! El maquillado y pervertido deseo de encontrar la media naranja en realidad es el deseo sencillo de las mil puertas que se nos abrirían cada día si fuésemos capaces de saltar nuestra programación egoísta y comenzar a hacer cosas por los demás. Eso sí está en nuestras manos.
Y no me refiero a hacerlas con esfuerzo. Es increíble las puertas y los caminos inesperados que se abren cuando mantenemos una mirada atenta y amorosa con nuestro entorno.

Y... ¡abracadabra! lo mejor de todo es que entonces descubrimos que por primera vez los que nos rodean nos empiezan a considerar, a querer.
Es lo que tiene el amor: que es una carretera de dos direcciones.


A mi querida Shirley, con la que comparto cariños fugaces e intermitentes que me dan fuerzas para afrontar el resto del día.



martes, 7 de diciembre de 2010

NAVIDAD DRAG QUEEN

No hay nada más Drag Queen que la Navidad.
Por una parte contemplo con horror creciente como engalanan Madrid con las luces viejas de otros años (especialmente horribles las de la Gran Vía) y es como si contemplase a una puta vieja con tropezón de carmín en el labio y cuatro manos y media de colorete.
Madrid es hoy Qué fué de Baby Jane invadida por una horda de zombies que, por no poder, no pueden este año ni siquiera gastar un duro, y se contemplan reflejados allí y acá por las calles con la boca abierta, parque temático decadente, pasillo del laberinto de los espejos.

Existe una clara tendencia generalizada a lo Drag que invade a tres tercios de la población (incluidos los heterosexuales) que jamás se atreverían a calzarse tales de pelucones además de esos indescriptibles sombreros de cuernos de reno que, para mi horror, me recuerdan a aquella foto de Fraga de hace tres domingos en la que salía exhibiendo seis cabezas de venado recién cortadas dispuestas en una acera embadurnada de sangre. No hace falta decir que el día que vi esa foto vomité el desayuno como la reina de Inglaterra en The Queen, pero en mi caso en el bar EL AGUILA que hay en la plaza de la luna y en el que tomo el café cada mañana con Soraya, una puta de Desengaño que es de Tánger y que dice que la cosa está fatal, que en los puentes y las fiestas se trabaja menos porque los clientes no se atreven a salir y, claro, al final pagan el pato ellas, las pobres putas.
¿Y los pelucones de la Plaza Mayor? Por el olor a naftalina que algunas noches asciendo por Ballesta como una brisa desasosegante que hace que los Yonkis pierdan el rumbo, sospecho que, en realidad, por culpa de la crisis, la gente está guardando esas pelucas brillantes y electrizadas de una Navidad para otra, para utilizarlas para el siguiente año.

Aguanta, mi pobre Madrid. Mi Gran Vía centenaria, mi Gran Vía de Ignacio Merino, ayer vestida de gala y hoy desvestida a la fuerza, como una puta resignada.

Una última cosa. Las colas en el Doña Manolita. Ni siquiera voy a hacer un comentario sobre eso. Lo nombro, y ahí queda eso.

FELIZ NAVI-DRAG!

domingo, 5 de diciembre de 2010

ENTREVISTA EN LA REVISTA OH MY GOD! DE DICIEMBRE


Te dejo la entrevista de la revista OH MY GOD! que ha salido esta semana sobre mi novela nueva EL MELEFICIO DE LA DUDA


-¿Qué podrías contarnos acerca de tu nueva novela?

EL MALEFICIO DE LA DUDA es una novela oscura escrita en un momento bastante oscuro de mi vida. Es mi tercer libro, y en él quise abordar de lleno el género de la ciencia ficción, que es mi género literario favorito. Trata básicamente de un escritor en sequía creativa que se ve obligado a pasar una cura de desintoxicación por culpa de la cocaína. De pronto comienzan a pasar a su alrededor una serie de sucesos desconcertantes. Bastian, que así se llama el prota, viajará a una laguna perdida en la provincia de Segovia donde pasó los veranos de su infancia y donde subyace un oscuro y terrorífico secreto.

-¿No crees que el género de terror es un poco arriesgado en el panorama editorial?

Para nada. El terror está de moda. No hay más que poner un telediario para darse cuenta de eso (risa). Pero no era mi intención hacer una novela de terror con personajes ñoños rollo CREPÚSCULO. Los protagonistas de mi relato tienen una estructura más densa, más literaria. Doy bastante más valor a los personajes que a la situación en la que se ven envueltos. Al fin y al cabo la literatura es una excusa para hablar de personajes. Estoy convencido de que este libro va a tener buena acogida. El precio no va a ser un problema porque mi editor tuvo la idea de lanzarlo con un precio “de bolsillo”, así que nadie va a tener excusa para no comprarlo a pesar de como están las cosas.

-¿Qué referencias se pueden encontrar?

Al principio hay algo de terror del cine japonés, con el que estaba fascinado en el momento en que escribí aquello. El resto de la novela podría ser tomada como una especie de relato al más puro estilo Stephen King, aunque con personajes que se mueven entre Chueca y Malasaña. Me salió una novela bastante extensa, la verdad es que es un buen ladrillo, y entre medias existen partes por las que el genial escritor Eduardo Mendicutti clasificó la novela como un “cuento gótico”. Son capítulos que se escapan al realismo sucio del resto de la novela.

-¿Tiene algo que ver con lo gay?

En mis novelas los personajes gays (siempre los hay) se entremezclan con los heterosexuales con normalidad, es decir, nunca he pretendido retratar expresamente la forma de vivir de los gays ni mucho menos hacer literatura homosexual. Mis personajes gay aparecen con naturalidad, como de hecho sucede en barrio de Chueca y en gran parte de Madrid, y ojalá muy pronto en todas partes de España.

-¿Tiene algo de autobiográfico?

Por supuesto. Siempre hablo de mi cuando escribo. Bueno, para ser sinceros, Bastian, el protagonista, que también es escritor, vende muchísimas más novelas que yo. Debe ser una especie de proyección acerca de mis deseos, supongo. (risas) Y la adicción a la cocaína tampoco tiene que ver conmigo. De todas las drogas, la coca me parece con diferencia la droga más estúpida, vacía y peligrosa.

-¿Cómo ves la acogida que está teniendo, o ha tenido de quien la ha leído?

La gente que la ha leído me escribe por mail o por el FACEBOOK diciéndome cosas increíbles. De verdad, siempre te sorprende cuando tienes tan buena acogida en reseñas y blogs. Pero si tengo que serte sincero el premio gordo me lo llevé con Alaska. Cuando le mandé la novela para que se la leyera no esperaba siquiera que me contestase. Soy fan de Alaska desde niño y mi mayor sueño era que un día presentase conmigo una de mis novelas. A los pocos días, recibí su contestación. Me dijo que no había podido soltarla desde que la cogió, que no había dormido en toda la noche hasta terminarla al día siguiente. Y que se ofrecía a presentar la novela en el hotel OSCAR conmigo, así como escribir una frase que va en la portada del libro. Guardo ese mail impreso y enmarcado como si fuese un Van Gogh, aquello fue el pistoletazo de salida para este montón de cosas maravillosas que están sucediendo.

-¿Tienes pensado seguir escribiendo más novelas de terror?

Mi siguiente novela ya casi está terminada y sí, tiene mucho que ver con este género. Pero es normal, porque es el final de una trilogía que me plantee hace unos años. Aunque no guardan relación entre ellas, todas tocan temas comunes: los problemas a la hora de interpretar nuestro personaje social; desarreglos de alimentación que enmascaran todo tipo de retorcidas carencias; gelatinosos y renqueantes secretos que se ocultan bajo el agua de nuestra memoria; el peligroso y cortante filo donde se juntan la realidad y la fantasía…

-¿A qué público puede ir dirigido?

El público gay siempre ha sido mi lanzadera, claro que sí. Pero siempre he escrito para todos los públicos y creo que la gente joven se divertirá muchísimo con la novela. También pretendo llegar al público adulto porque EL MALEFICIO DE LA DUDA ha sido concebido como un relato serio y honesto. He intentado romper el tópico que dice que un relato de terror tiende a ser insustancial. Eso sí, te confieso que soy un escritor comercial. No pretendo escribir para una minoría, ni ser un artista alternativo. Me encantan las cosas comerciales y me encanta que lo que hago llegue al mayor número de gente posible.

viernes, 3 de diciembre de 2010

LA RED ANTISOCIAL

Propongo crear una red antisocial. Vendría a ser todo lo contrario que el Facebook. O sea, una red de enemigos y desencuentros. En este experimento estarían todos los que ni muertos agregaríamos al Facebook, o los que borramos sin contemplaciones, como le pasa a mi amiga Ruth Toledano, que lleva una semana queriendo celebrar su meta de tener mil amigos y resulta que en los tres últimos días primero la borró uno, luego otro, y se pasa el tiempo oscilando entre los 997, 998, 996, desesperada la pobre y con los confetis ya casi caducados.
La relación con nuestros enemigos no deja de ser una relación estrecha y notoria, omnipresente, muchas veces infravalorada, y muchas veces bastante más interesante que la otra, la que tenemos con muchos de nuestros amiguetes cercanos.
Sería curioso, por ejemplo, inspeccionar a diario si nuestro número de enemigos supera al de amigos o viceversa. Nos daría qué pensar: fíjate tú. Sería estupendo ver frases del tipo MIGUEL y CARLOS AHORA SON ENEMIGOS, o llamar al muro "el muro de las lamentaciones" y tener la bandeja de entrada llena de insultos servidos en bandeja, o que nos etiquetaran en esas fotos en las que salimos hechos un cuadro de comedor.

La Red Antisocial podría tener además otra variante que no fuese únicamente la del insulto y el menosprecio hacia la prójima. Una Red Antisocial de los que, de una manera lúcida y subversiva, se oponen a cierta parte de nuestro entramado social y, cada uno a su manera, luchan para que eso cambie.
Como mi amigo Pan, pancartero de nacimiento y sindicalista extremo, que no se pierde una sola manifa antisistema y tiene claro que lo de las torres gemelas de Nueva York fue una detonación controlada por el gobierno estadounidense con el único propósito de tener una excusa para invadir Irak (ver documental ZEIGEIST). O mi querido amigo Eduardo, que fundó una ONG el año pasado y recorre los parques del extrarradio de Madrid repartiendo condones a los chavales que realmente están jodidos, hablando con ellos, poniendo a su disposición un grupo de terapeutas, psicólogos, entrenadores personales, profesores.
Son chavales a los que no llega la ayuda de nadie, gente perdida, gente enganchada, personas sin trabajo que sólo necesitan la cercanía y la comprensión que muchas ONG subidas a la parra no saben ofrecer.
Aunque claro, ahora que lo pienso esta no sería una Red Antisocial sino más bien todo lo contrario.
Que aprendan los del feisbú.