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martes, 30 de noviembre de 2010

MAÑANA ESQUIZOIDE

Me levanto y el microondas ya me tiene preparado el desayuno.
Buen chico.
Me monto corriendo en el METRO rumbo al Banesto de ESTRECHO y observo de reojo que el cartel lumínico me informa de que el próximo tren pasará en un minuto. Como últimamente no me creo nada, me pongo a cronometrar. Tic tac tic tac. En mi reloj ya ha pasado un minuto y medio y el cartel lumínico sigue asegurando que el próximo tren pasará en un minuto. Una de dos: o aquí abajo el tiempo pasa más despacio (rollo agujero negro) o los del METRO nos engañan para que no se nos haga tan larga la espera. Yo, sinceramente, preferiría saber la verdad, aunque la la verdad fuese dolorosa.
En el pantallón que tengo delante están echando las noticias. Un grupo de expertos acaban de descubrir que el origen del universo puede que no haya sido el que conocemos, es decir, que antes del Big Ben existieron otros universos que se extinguieron (supongo que eso incluye planetas, animales, civilizaciones) y que, por lo tanto, dentro de equis tiempo este universo también dejará de existir.
Pienso: ¿Cómo te quedas?
Ya dentro del vagón, me siento en el suelo porque no queda ningún asiento vacío. Me gusta ver el mundo desde abajo, me recuerda a cuando era niño. Ese universo de pantalones y faldas, bajos de mesas, armarios, cuando todavía tenías la impresión de que el mundo estaba hecho para ti, de que encajabas de que cabías en todas partes.
La señora que tengo delante lleva un abrigo de tigre falso hasta el suelo. Siempre que veo uno de estos estampados falsos no puedo contener mi neurosis y me pongo a buscar las manchitas de tigre que son iguales, es decir, el punto donde la secuencia de manchas comienza a repetirse aunque así, a vistazo general, parezca que no hay parche alguno.
Saco de mi mochila un Kinder Bueno. Me lo como con cierta culpabilidad. Coño, ¡pero si no pesa nada! Miro el paquete. Veinte gramos. ¿Veinte gramos? Me pregunto si algo puede engordar más de lo que pesa. De no ser así, no sé para que coño me preocupo. Lo más que podría engordar son únicamente (y eso suponiendo que mi cuerpo transformase cada molécula del Kinder en grasa) veinte gramos de mierda. Así que empiezo a comérmelo con más alegría.
Miro mi correo en el móvil.
Felix Sabroso, uno de mis directores de cine favoritos, me escribe diciendo que ha recibido mi novela nueva. Sin dar crédito a lo que leo, observo como Felix me cuenta que encuentra paralelismos entre su obra y la mía, es decir, que casualmente parece que hemos estado tocando temas similares. Volver a Ser Imelda conecta de alguna forma con La Isla Interior y El Maleficio de la Duda con la que será su próxima película titulada MIEDO.

Me embarga el entusiasmo y la emoción. Y por un momento siento que, efectivamente, aquí abajo, el tiempo ha comenzado a pasar más lento, o, mejor dicho, casi se acaba de detener.

GRACIAS FELIX

lunes, 29 de noviembre de 2010

MI SECRETO PARA UNA PIEL PERFECTA


Algunos me preguntan cual es mi secreto para tener esta piel tan tersa y radiante y hoy lo voy a contar aquí, qué coño.
Señores, les confieso que desde hace doce años,practico sexo dos veces al día, todos los días.
Permítanme que se lo explique.
Resulta que Ofelia, mi perrita de doce años, tiene una fetiche tremendo y una obsesión constante con mis zapatillas. Y a eso hay que sumarle su evidente morbo con los ascensores. Bueno, ya sé que a estas alturas se estarán preguntando de qué leches estoy hablando. No se preocupen. Continúo.
Ofelia baja a la calle dos veces al día. Al subir de vuelta al asce
nsor rumbo al sexto piso (siempre a la subida, jamás a la bajada), con las hormonas revolucionadas por los olores cacunos de la calle Estrella y la plaza de la Luna, mi perrita se aferra como una lapa a mi tobillo y comienza a refrotarse contra mi zapatilla como una loca.
Sí, sí. Ya se habrán dado cuenta de algo, cuanto menos, curioso. Por alguna razón que no quiero plantearme ella resulta ser el macho activo en este fortuito encuentro sexual y yo la hembra pasiva.
Ofelia es algo bulímica, le huele mal el aliento y se
hace la ciega con tal de no correr detrás de un gato, a tal punto llega su alergia al ejercicio y su amor al sedentarismo. Yo, que soy consciente de que esos segundos de espasmos agarrada a mi pierna resultan ser los únicos del día en que desarrolla una mínima actividad física tan necesaria para mitigar el soplo que tiene su corazoncito, la dejo hacer, cómo no podía ser de otra manera.
Muchas veces me descubro así, mirándome en el espejo del ascensor, literalmente acusando cada sacudida enérgica, mi cabeza muchas veces golpeando contra la chapa de la pared.
Suspiro y pienso: ainsss.... mira para lo que he quedado... que triste es mi vida sexual.


Eh aquí una foto de Ofelia en el ascensor. He preferido no mostrarla en pleno acto sexual porque si hay una vocación que Ofelia no tiene, es la de porno star. Dice que ya no tiene edad para eso y que la piel de culo le cuelga demasiado. Ahí queda eso. Más de uno debería tomar nota.




domingo, 28 de noviembre de 2010

UNA PALABRA MÍA

Reconozco que soy un poco quisquilloso con los libros que me leo. Buen, siendo realista, con los libros que me leo tengo una malfollá tremenda. El sólo tacto de sus hojas, el tamaño de la letra o incluso el diseño de la portada de un libro pueden determinar drásticamente su (casi siempre) corto éxito entre mis dedos.
Y luego, claro, está lo de dentro.
Puedo decir que no paso de la tercera hoja en el sesenta por ciento de los libros que pillo, libros que, se supone, han tenido que llamar mi atención de alguna manera para que me tome el trabajo de hojearlos.
Me obsesiono cuando descubro un autor que me apasiona y devoro toda su obra, como si de repente los demás autores del universo hubiesen dejado de existir.
La primera página es fundamental. Introducirme en el mundo personal, único del escritor dejando atrás el mío propio puede llegar a ser una experiencia suave y deslizante de la que casi no soy consciente de cómo he llegado hasta aquí o, por el contrario, un empujón forzado, casi violento que me incomoda si el susodicho firmante de la tapa no sabe currarse bien el trabajito de untarme el camino de vaselina. En tales casos, la obra casi no tiene posibilidades de sobrevivir en mi regazo.
También es verdad que mi disposición varía según el día, las épocas o las edades. Muchas veces he cogido libros que el mes pasado me parecieron imposibles y que hoy, gracias a mi apertura nueva de escuchar, acojo con entusiasmo. Es como con las personas. Con el que ayer te parecía un absurdo superficial y hoy redescubres mirándole a los ojos a la hora del café. O el enemigo del verano que, con los primeros fríos, te das cuenta que no había más que sacarlo de contexto para darte cuenta que tiene ese no se qué entrañable.
Me pasó con Cien años de soledad. La primera vez que lo leí me resultó un tostón sublime (claro, que yo sólo tenía entonces trece años) y luego se convirtió en mi novela favorita. Y, al contrario, con libros como Juan Salvador Gaviota, que con el tiempo y una segunda lectura encontré insustancial lo que en la adolescencia me había resultado magia en estado puro.
Y luego están los libros que a todo el mundo le gustan y tú sigues sin poderlo entender, cono El Alquimista, y casi todos los de Saramago.

Todo esto viene porque, hace un mes, descubrí un libro maravilloso de Elvira Lindo. Yo había estado en la presentación de aquella novela, pero entonces todavía no la había leído. Menos mal, porque de lo contrario a lo mejor me hubiese puesto en evidencia con un monólogo de exaltación a la hora de las preguntas en el que hubiese engolosado a Elvira hasta el ridículo.

El libro se llama LO QUE ME QUEDA POR VIVIR. Es su última novela, y te aconsejo que no lo dejes pasar. Ahora estoy con UNA PALABRA TUYA, de la misma genial autora, y los domingos no dejo de comprarme El País para leer su artículo.


sábado, 27 de noviembre de 2010

PECECITOS

Si os fijáis, a la derecha del blog, hay una pecera donde aparecen unos pececillos de colores a los que podéis alimentar. Es mas, si ponéis el cursor sobre el agua, allí acuden raudos y veloces esperando que caiga algo de comida. Criaturicas.
Nunca se sacian, así que puede resultar un pelín rallante entregarse a la empresa de alimentarlos. Los peces normales, los de toda la vida, pueden morir si los alimentas demasiado o si los dejas de alimentar, pero con estos no hay problema. La entidades que viven el el cybermundo es lo que tienen. Por mi parte, yo también me encuentro bastante horas al día navegando en este universo paralelo y también se me olvida otras tantas comer o dormir.
En fin, voy a dejar de proyectarme sobre estas carpas de colores o puede que al final, si sigo propiciando coincidencias, no salga demasiado bien parado.

viernes, 26 de noviembre de 2010

BIEN SINTONIZADOS

Según el escritor Wayne W. Dyer, existe un principio de SINTONÍA que rige en el universo del cual nos podemos valer a la hora de conseguir que las cosas se manifiesten en nuestra vida.
¿Cómooo?, dirá usted. ¡Quiero saber cómo funciona eso YA!
Vale, señora, no se impaciente. Y no piense usted que se trata de un remedio instantáneo y mágico. Como siempre, hay que currárselo. Y, como siempre, tiene que ver con vigilar todas esas cosas que pasan por nuestra cabecita en forma de pensamientos, sobre todo aquellos pensamiento que están mal sintonizados.
Por lo visto vivimos en un universo en el que TODO es energía. Todo vibra (sí, señora, la vibración no es exclusividad de su estupendo cepillo de dientes eléctrico), y la frecuencia de las vibraciones determina cómo aparecen las cosas, y esto incluye a nuestro cuerpo y nuestros propios pensamientos. Hasta aquí todo en orden. Pues bien, parece ser una ley universal que dos frecuencias similares se atraen la una a la otra y, por el contrario, las que son diferentes pasan de largo sin siquiera reconocerse.
Ahora viene lo bueno. Mantenerte vigilante y supervisar tus pensamientos hace que te fijes en qué frecuencia estás transmitiendo y recibiendo. Cuando percibes que un pensamiento está mal sintonizado, puedes corregirlo, y al hacerlo pasas a pensar en la misma frecuencia (positiva, de abundancia) que rige la energía universal.
Toma ya. Parece complicado ¿no? Bueno, quizá no lo sea tanto.
Pensamientos de nuestra programación del tipo esto es difícil, no soy listo, no me lo merezco, esto es demasiado grande para mi, esto es muy complicado, no tengo demasiado dinero etc..., determinan nuestro inminente fracaso a la hora de emprender cualquier tipo de propósito así sea cambiar un hábito, crear una empresa o alcanzar cualquier tipo de meta.
Manteniéndome centrado en lo que me propongo crear y confiando en que el universo me proporcionará lo que necesito en cada momento, atraigo la prosperidad constantemente. En lugar de pedir más (lo que implica escasez y, por lo tanto, crea un ambiente vibratorio de más escasez), debería concentrarme y ser agradecido por lo que tengo.
Este último punto me ha hecho pensar bastante. ¿De verdad tenemos tanto de lo que quejarnos por la cansina CRISIS, esa que esta en la boca de todos? Por lo que yo recuerdo, tampoco cuando estábamos en una situación económica propicia éramos tan felices. Cada vez que nombramos la maldita CRISIS fomentamos y nos regodeamos en algo que nosotros mismos estamos inventando, y a eso creo que se refiere el autor antes citado al explicarnos todo ese asunto tan complicado de energías y universos.
¿De verdad estamos tan mal? ¿De verdad ya nos es tan difícil salir a la calle y tomarnos la tarde libre para ver la ABUNDANCIA que se derrocha a nuestro alrededor, las hojas amarillas de los árboles, el sol inabarcable, la vida en forma de aire fresco, abundante, la gente dispersa en las calles, en los parques. Se nos olvida que la auténtica abundancia reside en las cosas que siempre están ahí para el que sepa verlas, y por suerte siempre estarán.
Un momento antes de cerrar los ojos y de irnos al otro barrio no nos acordaremos del maldito día en que por fin nos compramos ese fabuloso coche ni de cuando acabamos de pagar la hipoteca de la casa que consume nuestros pensamientos el cincuenta por ciento del día. Como mucho, antes de cerrar los ojos por última vez, repasaremos las cosas de verdad importantes: aquella tarde por el parque con el helado y alguien cogiéndonos de la manos, esa otra puesta de sol,la mirada de un ser querido. Y esas cosas, que yo sepa, estaban ahí antes de la crisis y seguirán ahí siempre que seamos capaces de verlas.
¿Tiene sentido crear un ambiente mental de escasez? O, mejor dicho ¿no nos estaremos mintiendo al exagerarlo tanto?
Por supuesto en manos de todos está aprovisionarnos de las cosas básicas, soy realista y consciente de que si no están cubiertas poco importa todo lo demás. Pero incluso buscando curro o buscándonos la habichuelas, la diferencia entre una persona agradecida y otra que prefiere llenarse la boca con la queja es abismal. Es sabido que al que le va mal (y vive en la constante queja) las cosas parecen irle cada vez le van peor. Por otra parte, los ricos de este mundo en el que los bancos deciden sobre nuestro futuro por encima de gobiernos e instituciones, cada vez son más ricos. Es como si el universo, en efecto, nos concediese experiencias y situaciones acorde con los pensamientos con los que nos obsesionamos. Tengo un par de amigos que no paran de quejarse de este país, y de un tiempo a esta parte parecen tan acomodados en su queja que la escasez ya ha pasado a formar parte de su identidad. Quiero decir que, en el fondo, cada vez que el gobierno mete la pata o cae la economía o suben los precios, muy en el fondo de sus corazones hay algo que se alegra, pues se sienten confirmados, ensalzados en su papel.
¿No estaremos utilizando en una pequeña parte la famosa crisis para justificar nuestras pocas ganas de inventar, de sobreponernos y de salir adelante?
Por mi parte, he puesto a funcionar la esta maquinaria universal de la que antes hablaba, más que nada para hacer la prueba. Hace un par de años deseé más que nada escribir y publicar mi tercera novela y puse en manos del universo dicha tarea. Confié en que todo saldría bien y me puse a currar (eso es imprescindible, rara vez el universo se lo curra por ti). Conseguí un agente editorial, conseguí editorial. Todo a su tiempo, y por el camino dando las gracias, sin pretensiones imposibles y sin prisas. ¡Funcionó! Cuando aparecía un escollo, inmediatamente y de una forma imprevista se planteaba una solución. Se propiciaban situaciones inesperadas, encuentros fortuitos que me llevaron a ponerme en contacto con tal y tal persona. Desde el principio visualicé la portada de mi novela y quise que la presentase ALASKA. Pedí ese deseo al universo, pero siempre con la condición de recular si al final el impulso me llevaba por otro camino. Un amigo le hizo llegar la novela y al poco tuve su contestación. Y lo mismo sucedió con las entrevistas, con el lugar para presentar el evento. Y con sucesos inesperados que, gracias a estar con los ojos abiertos, arrojan luz sobre cómo será esta etapa nueva de mi vida, ahora que parece ser que la vieja etapa toca a su fin. Un amigo que me ofrece un nuevo trabajo. Más tiempo para escribir, etc...
Desde el principio actué dando por sentado que todo sucedería, y todo sucedió.


En estos momentos de hablar con todo el mundo, de planificar citas, firmar libros y volverme loco para conseguir medios de comunicación y promoción sin gastar un duro, me obligo a refrenarme y parar, regresando a la antigua idea de que todo lo que tenga que salir, saldrá.
Me paro frente al ordenado, respiro.
Dejo de dar el coñazo a Tele 5 para que vengan a la presentación en el hotel OSCAR y me paso la tarde ordenando ropa, bañando a mi perrita Ofelia, o simplemente mirando por la ventana el atardecer sombrío caer sobre los tejados de Madrid.
Es tanto lo que se vuelca ante mis ojos, son tantas la opciones, las cosas por inventar, que en el fondo me cuesta creer que yo mismo lleve tanto tiempo con la maldita palabra crisis en la boca.
Será cuestión de vigilar lo que pasa por mi cabeza.
Y de seguir bien sintonizado.

martes, 23 de noviembre de 2010

UN PROBLEMILLA DE CUERNOS

En la película K-Pax, cuando el médico le pregunta al supuesto extraterrestre Kevin Spacey cómo era posible que su sociedad se organizara sin jerarquías ni leyes, cómo era posible que los habitantes de su mundo supieran cómo actuar sin un código represor, el extraterrestre le responde que uno de los elementos comunes que distinguen a todas y cada una de las criaturas que existen en el universo consiste en la capacidad innata de poder distinguir entre lo que está bien y lo que está mal.
Voy a referirme, una vez más, al tema de las corridas de toros. Y podría hacerlo desde el punto de vista argumental, rebatiendo una por una las absurdas excusas ya sabidas, las excusas que hablan de patrimonio cultural de la fiesta, que ese tipo de ganadería no existiría si no fuese por la fiesta, o la más curiosa de todas: esa que dice que el toro y el torero están en igualdad de condiciones en el ruedo (bueno, esta podría creérmela el día que mueran la misma cantidad de toros que toreros al año).
No. Me cuesta, pero me resisto a entrar en el debate. Voy a morderme la lengua, entre otras cosas porque me resultaría demasiado fácil echar por tierra esa ristra de argumentos.
No detesto las corridas de toros. Es peor que eso. Las detestaría si me parase a analizarlas, a argumentar. Y cuando te pierdes en el bla bla bla al final corres el riesgo de acabar fundando un canal de televisión con tus amiguetes del tipo INTERECONOMIA en el que se dicen muchas cosas estupendas.
Cuando tengo la mala suerte de toparme con una corrida de toros en televisión mi estómago se encoge hasta el tamaño de una nuez, y no es por nada que piense o por ninguna conclusión de mi mente. Delante mío veo a un ser sufriendo, un ser tan digno y tan noble como cualquiera de los demás seres que pueblan este planeta. Ver a otro sufrir es horrible, pero peor aun es verlo agonizar para la diversión de otros. Esos ojos desde las gradas que, por pura costumbre, ya no ven.
Uno de los mayores bienes de la humanidad es la empatía, la capacidad de ponernos en la piel del otro, de no querer para el otro lo que no queremos para nosotros. No voy a entrar en el debate de las corridas de toros sí o las corridas de toros no. Es mucho más sencillo que eso, señores. Ahí hay una criatura sufriendo, babeando desesperada por salir del redondel para regresar a pastar pacíficamente por la pradera a la que está acostumbrada, y que desgraciadamente ya nunca verá.
Tal y como dice el extraterrestre de K-Pax, sé distinguir perfectamente lo que está bien de lo que está mal. No necesito que me lo expliquen. No necesito palabras ni argumentaciones. No se trata de nada que haya que pensar.
Cuando miro a esa criatura noble sufrir, siento tanta pena y tanta lástima que no comprendo cómo las personas desde las gradas pueden haber llegado a un punto de desconexión consigo mismos tan grande como para no darse cuenta de lo que está ocurriendo delante de sus propias narices.



lunes, 22 de noviembre de 2010

Lo que me gusta / Lo que no me gusta

Vivimos en un mundo en el que parece que siempre estuviésemos obligados a dejar clara nuestra posición ante las cosas. Posicionarnos ante la vida muchas veces resulta ser una tarea impuesta, agotadora y algunas veces desgastante. Y no me refiero a tener una opinión sobre lo que nos rodea, algo claramente necesario, sino más bien a la tendencia a ser extremos con el único fin de reafirmarnos, de sentir que existimos.
Uno de los posicionamientos que más me llaman la atención es la eterna diatriba Me gusta-No me gusta. Menudo coñazo. Hoy en día no vale con que algo te guste, en el discurso de cara a la galería tendemos a exaltar nuestras nuestros objetos de admiración alzándolos hasta el Olimpo de los dioses. Y otro tanto sucede con lo que no nos gusta, con quien nos cae mal, odiamos, aborrecemos o borraríamos del mapa.
Curioso. Parece que cuanto más adoramos algo o, por el contrario, más detestamos, más somos.
Intentar comprender a un suceso o a una persona como parte de un trillón de factores que están asociados, es decir, intentar comprender algo o a alguien como parte de un todo al que todos pertenecemos y no como una entidad aislada a la que amar u odiar por alguna razón nos resulta tremendamente difícil. Mantener la mesura de un término medio, más abierto y comprensivo, callando la cabeza y dejando hablar al corazón, nos cuesta un huevo. ¡Claro! Lo que menos importa es ser objetivo. Si nuestra identidad se basa en dejar clara nuestra posición, cuanto más extrema sea esa posición más nos haremos la efímera ilusión de que tenemos identidad.
Resulta curioso este proceso, porque si nos paramos a pensar, lo que determina Lo que nos gusta - Lo que no nos gusta es en su mayor parte una programación de nuestro Pasado Personal grabada a fuego por nuestros padres, nuestra religión, nuestro gobierno y nuestra tan ensalzada cultura.
La única libertad, la libertad verdadera, sería renunciar a lo que nuestra programación condicionada para poder mirar con los ojos limpios y la mente en calma, para intentar comprender las cosas desde ese estado.
Siendo extremos, odiando, idolatrando, renunciamos a nuestra única fuente de conexión con nuestra propia autenticidad.
Pero eso qué importa, caballero. Lo importante es que usted siga sintiéndose orgulloso de su carácter, de su increíble personalidad.