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martes, 9 de febrero de 2010

EL EFECTO VICEVERSA

Me despierto de la siesta.
Resaca de palabras y nubes rosas.
La luz de fuera ya es distinta. Febrero y sus promesas.
Una mariposa vuela en mi terraza hasta posarse sobre el cristal de la ventana. Observa ese mundo comestible de plantas moribundas, de tallos que el frío reblandeció hasta amputarlos.
De pronto, me parece observar en la mariposa un imperceptible temblor, un casi batir de alas interrumpido.
Me pregunto ¿funcionará el efecto mariposa de una manera inversa? Es decir, se supone que dicho efecto consiste en que aquí una mariposa bate las alas y del otro lado del mundo se produce un huracán.
¿Podrá aplicarse lo mismo en sentido contrario?

En el otro lado del mundo se produce un huracán y llega hasta aquí convertido en algo tan minúsculo como para conseguir que una mariposa en mi ventana apenas se agite con un imperceptible temblor, un casi batir de alas interrumpido.

Me gusta todavía este efecto. Me parece inclusive más poderoso que el otro. De tan pequeño, de tan párvulo, ha conseguido traspasar mis barreras dejándome casi sin aliento, extasiado frente a la ventana, soñando con nubes rosas y resaca de palabras después de una siesta.

Puede que en el mundo de los sueños, a veces también nos despertemos con terribles resacas de realidad, me digo.





lunes, 1 de febrero de 2010

MI PRIMER CUENTO

Cuando apenas tenía unos seis o siete años, escribí mi primer cuento.
Es curioso (puede que hasta un poco perturbador) escribir a tan temprana edad lo que puede que ser el relato más revelador e inquietante que jamás escribiré en la vida. Recién aterrizado en el mundo, por primera vez armado con el don intacto de la escritura, compuse aquella primera estrofa sin ningún tipo de musicalidad en una de esas oraciones que la maestra te manda para el fin de semana tipo DESCRIBE A TU MASCOTA.
Recuerdo que mis frases compuestas durante aquel curso en el Colegio Número 1, en mi ciudad de Bahía Blanca, en Buenos Aires, se hacían sospechosamente más y más largas. Der un renglón pasaba a dos y luego a tres. Mi maestra miraba con creciente horror como su trabajo se acumulaba en mis cuadernos llenos de tachones, de agujeros por culpa de mojar la goma con la punta de la lengua para borrar la imborrable tinta y márgenes torcidos.
Hasta la llegada del ordenador no me desprendería de ese desastre de improlijidad que acompañaban a mis escritos y que éste viernes reviví cuando mi madre me entregó el principio de un relato inconcluso que escribí con trece años. Trataba de un niño que se queda dormido dentro de su propio sueño, descubriendo de esa forma lo que sueñan los sueños (cosa bastante inquietante también pues, en el cuento, los seres humanos del mundo despierto resultamos ser el producto de lo que sueñan nuestros sueños, cerrando así un círculo perfecto de locura).
A lo que iba. No puedo transcribir mi oración de los seis años exacta y literalmente, pero la recuerdo bastante bien. La maestra nos había dicho que hiciésemos una frase con el título LA MANZANA.


MI MANZANA

Mi manzana es roja. Es brillante y huele muy bien. Mi manzana es redonda y justo me cabe en una mano, y yo la quiero más que a nada en el mundo porque es roja y brillante y huele bien y es mía.

De repente mi manzana me habla y me dice que la parta por la mitad.

Yo le digo: ¡no puedo hacer eso, manzana! ¿cómo voy a partirte? ¡eres mi querida manzana! Y ella me explica que la tengo que cortar en dos con un cuchillo, porque esa es la única manera de que yo pueda ver cómo es ella por dentro.

Agarro un cuchillo y la parto.

Mi manzana por dentro es blanca. Tiene corazón y semillas y huele todavía mejor.

Entonces mi manzana me habla otra vez y me dice: muy bien. Y ahora tienes que comerme.

Yo le digo: ¡como voy a comerte! ¡eres mi manzana!

Y entonces ella me contesta: tienes que comerme, sí. Tienes que comerme porque esa es la única manera de que yo ahora pueda ver cómo eres tú por dentro.